Anoche llegamos de Brunéi al mejor alojamiento de todo nuestro viaje por Borneo, el Sheraton de Kuching, en el que vamos a hacer una excepción asumible en nuestro presupuesto viajero. El día empieza con un desayuno buffet épico. Después de tantos días, nos reencontramos con el queso y el pan sin gluten, además del mejor kaya que hemos probado jamás. Y salmón ahumado, shakshuka, huevos preparados al gusto, una barra de wok, fruta riquísima y tantas otras cosas. Podríamos quedarnos a vivir en este buffet.
Una misión en la ciudad de los gatos
Salimos a pasear por el waterfront y nos dejamos llevar por las calles cercanas. Kuching se nos presenta de primeras amable, arreglada, coqueta. Nos recuerda a Georgetown por sus casas de colores pastel, por los murales y el arte callejero, por esa mezcla de malayos, chinos e indios que llena las calles de diversidad y buen rollo. Además, aquí todo gira alrededor de los gatos, empezando por su nombre, como si la ciudad entera estuviera tematizada. Hay esculturas, souvenirs, el único museo de gatos del mundo y referencias constantes a ellos en Kuching. Es parte de su cultura pop y su tradición, pero también un gran ejercicio de marketing turístico.
El río parte la ciudad en dos y, de fondo, el edificio legislativo se alza monumental, convirtiéndose en la postal de todas las fotos. Mientras tanto, nosotros encaramos una misión clave para afrontar el tramo final del viaje: comprar calzoncillos para no tener que lavar los ya usados. Tras mucho buscar, encontramos dos pares en lo que sería el equivalente malasio a El Corte Inglés español o al Liverpool mexicano. Cumplida la misión, nos antojamos de todos los souvenirs. En el sudeste asiático lo más innecesario parece irresistible.
Visita al Borneo Cultures Museum de Kuching y una cena para recordar
Por la tarde visitamos el Borneo Cultures Museum de Kuching, donde aprovechamos nuestra condición de estudiantes perpetuos para comprar las entradas con descuento. El museo está muy cuidado y ofrece un recorrido excelente por la historia, las culturas y la naturaleza de la región. Salimos con la sensación de haber hecho un curso acelerado de Borneo. Nos hubiera gustado pasar más tiempo, pero antes de llegar se nos ha cruzado por medio un batido de coco que nos ha hecho demorar un poco la llegada.
Para cenar seguimos la recomendación de Mizrim, el Guest Relations Manager de nuestro hotel, con el que anoche estuvimos conversando un buen rato y nos dio un puñado de buenísimos insights locales. Así, justo al lado del hotel, subimos hasta la azotea de un parking de muchas plantas para encontrarnos con una especie de food court al aire libre al que llaman Topspot, lleno de puestos en los que venden marisco y pescado fresquísimo a un precio excelente. Comemos gambas, unos brotes de verdura local llamados midi y un cangrejo con salsa épica que nos obliga a chuparnos los dedos de la más literal de las maneras. Todo sabrosísimo y directo a nuestra lista de recuerdos gastronómicos en el Sudeste Asiático.
De vuelta al hotel subimos a la planta 23, donde está la infinity pool desde la que se ve toda la ciudad. Cae un aguacero monzónico que no impide que algunos locales se bañen como si nada. Cuando escampa, volvemos a subir y nos quedamos un par de horas en la piscina, helados pero felices, justificando la elección con las magníficas vistas sobre la ciudad. Nos vamos a dormir a la hora del cierre, felices porque en unas horas tenemos buffet de nuevo.