Rascacielos enormes que se pierden a lo lejos en el cielo, un Chinatown movidísimo con las mejores falsificaciones, un centro financiero con empresarios encorbatados hablando mil idiomas, la periferia dominada por barriadas de inmigrantes tratando de romper techos de cristal, los hoteles más lujosos disputándose ser el más exclusivo —y caro—, rooftops con piscinas con panorámicas de acero, Bentleys, Aston Martins y Ferraris, una población diversísima. No es Nueva York, es Kuala Lumpur. Llegar a la capital de Malasia después de la India y Nepal ha sido como desviarse de continente, viajar hasta otro planeta. En realidad, solo ha sido un atajo: desde la Asia más descarnada hasta la Asia más pujante.
Malasia, la Asia de verdad
Pese a lo muy diferente, Kuala Lumpur es muy Asia en su corazón y en su composición. Un eslogan del país con mucho gancho reza, con rima intencionada, lo siguiente: Malaysia, truly Asia [Malasia, la Asia auténtica]. La campaña publicitaria —pegadiza y exitosa— es sin embargo engañosa. ‘La Asia de verdad’ estaba en esas pendencieras calles de Kakarbhitta, en la frontera entre la India y Nepal. O en ese Jaipur donde cruzar la calle era una heroicidad.
En Kuala Lumpur las calles están limpias, los semáforos existen y los conductores respetan las señales de tráfico. De ahí lo engañoso del lema. Pero sí que hay que darle la razón en parte, porque Malasia puede que sea la amalgama más perfecta de nacionalidades, procedencias, culturas, tradiciones, gastronomías y religiones de Asia. Es como el escaparate del supermercado que te muestra un poquito de todo y te resulta que la mezcla, pese a heterogénea, es indudablemente lógica —¡y atractiva!—.
Las muchas formas de los malasios
En Malasia, y sobre todo en Kuala Lumpur, conviven malayos (la etnia mayoritaria del país), indígenas, indios, chinos, tamiles (procedentes de Sri Lanka o el sur de la India), indonesios, filipinos, nepalíes, bangladesíes y muchísimos más. Además, están los descendientes de los colonos británicos, portugueses y holandeses y una enorme comunidad de expatriados ganando miles de ringgits (la divisa del país).
Esto se traduce en una multiplicidad de idiomas de uso rutinario y común que acaban por aunarse. El inglés —que es idioma oficial por el legado británico— se junta con un poco de malayo, un poco de mandarían y un poco de hindi y es habitual que del batiburrillo nazcan frases que mezclan varias palabras de cada lengua. Por eso, le compramos a la campaña publicitaria el eslogan.
Las coloridas Batu Caves y las Torres Petronas
Después de no dedicarnos ayer al turisteo, hoy hemos compensado. De buena mañana hemos conocido las exuberantes Batu Caves, unas cuevas en las que se encuentran varios templos hinduistas. Hay que acceder a ellas subiendo casi trescientos escalones de colores. Al lado de esa enorme escalera, una figura de casi cincuenta metros de Murugan, una de las principales deidades del hinduismo, impresiona con su dorada presencia. El lugar es encantador en su conjunto, una especie de proeza con la que deleitar a la vista. Caviar del bueno para los que —como nosotros— se hacen pasar por fotógrafos.
De la parte tradicional matutina de Kuala Lumpur hemos pasado, por la tarde-noche, a la ultramoderna. Hemos paseado un rato para tener muy por encima nuestro los dos edificios que fueron durante seis años (entre el 1998 y el 2004) los techos del mundo. Las Torres Pretonas son una proeza de otro tipo, una gozada de la arquitectura y una muestra excelente de la capacidad del hombre para erigir cosas bonitas. El día lo hemos acabado en Bukit Bintang comiendo en una calle reconvertida en enorme comedero callejero. Kuala Lumpur nos encanta.