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Último paseo por Myeongdong y Gwangjang antes de dejar Seúl | Día 4

Seúl y Corea del Sur han sido coyunturales en nuestro viaje. Se presentaron como una oportunidad inesperada, y como un buen paso previo antes de dar el salto al Borneo malasio, destino principal de nuestro itinerario en este verano de 2025. Seúl no merece ser coyuntural, sino troncal, porque es una ciudad magnífica, muy disfrutable, abarcable y sugerente. Hoy hemos pasado medio día más en la capital surcoreana porque nuestro vuelo de salida despegaba a las siete de la tarde. Seúl todavía nos pedía que la exprimiéramos del todo, pero seguro que volveremos para recorrerla con más tranquilidad, para que el de hoy no sea nuestro último paseo por Myeongdong y Gwangjang.

Myeongdong, el corazón de nuestro Seúl

Este barrio de Myeongdong, en el que nos hemos alojado las últimas tres noches, se ha convertido en nuestra casa en Seúl. Es el centro neurálgico de la capital, un constante ir y venir de personas, que se compone de cuatro o cinco calles llenas de comercios y puestos callejeros, de restaurantes, de personajes de toda calaña y condición, locales y extranjeros. En estos tres días nos hemos familiarizado con Myeongdong y lo hemos hecho nuestro, sorprendidos de su perfecta capacidad para mezclar lo local con lo turístico.

Nuestra última compra en Seúl ha sido justamente en Myeongdong, durante nuestro último paseo. Aquí se encuentran un par de sucursales de Olive Young, la cadena de cosmética más importante del país y uno de los grandes reclamos comerciales para los turistas que llegamos a Corea del Sur. Al parecer, según cuenta la experta en cosmética de Cultura Nómada, los productos de cosmética surcoreana causan furor en el mundo por su calidad y su precio. El cuidado personal es una religión en el país: todo son anuncios de cosmética para ellas y también para ellos. Así que nosotros no hemos sido menos y hemos hecho acopio de una decena de productos de Olive Young.

Más comida callejera del Gwangjang Market

Antes habíamos decidido que nuestro último paseo gastronómico también iba a ser reincidente. Hemos vuelto al mercado de Gwangjang porque hace dos días nos quedamos con las ganas de verlo en su plenitud matutina. El día estaba gris y la lluvia nos ha empujado a acelerar el paso para quedarnos a cubierto y a buen resguardo en el recinto de Gwangjang. Hemos vuelto a comprar hotteok, los pancakes rellenos de coco y canela.

También hemos comprado nuestro almuerzo para llevar. Primero, unos mandu (los dumplings coreanos) en el puesto que protagoniza el capítulo de Seúl de la serie de Netflix Street Food. La dueña continúa trabajando con la misma energía y entusiasmo que mostraba en el documental, pero todavía con más clientela. Muy cerca está otro de los puestos que aparecían en ese capítulo, especializado en bindaetteok, las tortitas de judías mungo. También aquí hemos comprado gimbap, la comida confort por antonomasia de los coreanos: unos rollitos de arroz rellenos de verduritas y envueltos en alga.

De Seúl a la parte malaya de Borneo

Hemos vuelto al hotel a por nuestras maletas y nos ha caído un aguacero que hemos salvado con bastante dignidad. Hemos tomado el tren hasta el aeropuerto y hemos gastado los últimos wons que nos quedaban antes de embarcar destino a Kota Kinabalu, la puerta de entrada más habitual al Borneo malasio. El vuelo lo ha operado Jeju Air, la low cost surcoreana, y las nuestras eran las dos únicas caras claramente extranjeras.

El otro centenar largo de pasajeros eran surcoreanos, con lo que nos hemos sentido muy especiales cuando, pese a eso, todos los mensajes de la aerolínea se han traducido al inglés. Con el buen sabor de boca de nuestro paso por Seúl nos disponemos a afrontar la segunda etapa del viaje: la isla de Borneo. Hemos llegado a Kota Kinabalu ya entrada la medianoche, tomando un Grab para llegar a nuestro alojamiento por tres euros. Dejamos atrás el olor a kimchi de Corea del Sur y ya respiramos el calorcito inconfundible del sudeste asiático.

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