Nos alojamos en Villa Adelina, un hotelito boutique de cinco habitaciones en el centro de Ensenada. Es una casa de estilo británico del siglo XIX que lleva el nombre de su dueña original, Adelina, que se encaprichó de una vivienda que entonces se caía a trozos. Solo ella le vio a la casa el potencial que realmente tenía, y le dio el aire sofisticado que ahora mantiene, más de cien años después, para recibir a turistas de todos lados. Villa Adelina es la mejor base para caminar la ciudad y para explorar sus alrededores costeños. Hoy partimos de aquí hasta la Bufadora, uno de los motivos que nos han traído estas dos noches a Ensenada.
La Bufadora, el bufón de Ensenada
Entre los fenómenos naturales que uno desconocía está precisamente el que visitamos hoy. La Bufadora es un bufadero (o bufón), algo parecido a un géiser, una caprichosa formación geológica de acantilados marinos en los que las corrientes y la forma de las piedras provocan que el agua del mar salga disparada como si se tratase de un bufido del océano. Es como una chimenea natural en la que el agua marina hace las veces de humo. La Bufadora es un emblema del turismo de Ensenada y de toda la región.
Por eso, los metros que preceden al espectáculo natural es un continuo de puestos de recuerdos, de comida, de micheladas, de dulces y de cualquier eventual engaño que el turista pueda (no) necesitar. Caminamos por el pasillo contestando con negativas a todo lo que se nos ofrece, y los vendedores no se hacen los pesados y saben que las mejores víctimas no hablan castellano, sino inglés.
Así, como si hubieran estudiado en Harvard o Stanford, engolan su acento y melosean a los gringos con parabienes y ofertas que no resisten. Muchos de ellos van cargados con bolsos, camisetas, recuerditos y además una michelada y algún manjar callejero mexicano. La Bufadora parece una de las paradas de los circuitos turísticos que los estadounidenses hacen por Baja California, y la mayoría parecen haber llegado desde Ensenada, quién sabe si desde el enorme crucero atracado en la ciudad desde la mañana.
La Bufadora de Ensenada se llama Dora
Conseguimos emplazar a muchos de los vendedores a la vuelta de la visita. Y así, llegamos al punto en el que se forma la Bufadora, al límite de lo que el hombre ha construido para poder ver lo que la naturaleza ha formado. Ahí nos agolpamos una veintena de personas esperando a que pase no sabemos qué exactamente. Uno llega con pocas expectativas porque no ha querido ver en vídeos en qué consiste la Bufadora de Ensenada.
Por eso, cuando finalmente pasa, nos arranca toda una retahíla de interjecciones y expresiones que descubren nuestro origen hispanomexicano: «¡Hostia! Chinga tu madre. Flipa. ¡Qué chido! Guaaaaau». El mar se embravece a ratos y la Bufadora responde con un chorro enorme de agua que baña a los que están más cerca de la acción. Nuestros gritos de impresión españoles se mezclan con los barbarismos en inglés de los turistas gringos, y todos disfrutamos de ese momento que no esperábamos, de ese encuentro insospechado con los caprichos naturales.
Diálogos con el mar
En estas, se acerca a donde estamos un trabajador de la zona, que va recogiendo basura y preguntando a los que ahí estamos por nuestro origen. De repente se dirige al mar:
—Vamos, Dora, muéstrales lo que haces —y el mar responde y empieza a agitarse y choca con tanta fuerza en las rocas que la Bufadora salpica el agua a más de treinta metros de altura.
—La Bufadora se llama Dora, es mi novia, se las comparto pero solo un ratito —dice medio en broma medio en serio el hombre—. ¡Vamos, Dora, vuelve! Ahí viene, ahí viene.
Y la Bufadora Dora de Ensenada, como si en realidad escuchara, nos vuelve a regalar un nuevo salto de agua increíble al que las fotos y los vídeos no hacen justicia. La Bufadora debe ser promiscua, porque también atiende a nuestras peticiones.
—Vamos, Dora, otra vez —le decimos, y nos contesta con un nuevo bufido espectacular.
Las tostadas de La Guerrerense
De vuelta al estacionamiento —que no aparcamiento, ni parking— nos dejamos enredar en un puestito de almejas cubiertas de queso fundido. El vendedor debe ser primo del novio de Dora, porque nos habla con el mismo tono medio en serio medio en broma que uno no sabe si es producto del ingenio o de la locura. O un poco de los dos.
—Me llamo Luther King. Cualquier cosa que necesiten, simplemente digan ‘Luther’ —nos dice.
—Okey, Martin —le contesto para seguirle la ¿broma?
—No, Martin no. Luther —corrige y uno se ríe sin saber qué responder.
Volvemos hacia Ensenada después de haber disfrutado de la Bufadora con el objetivo de comer. Cerca del hotel, en la zona cercana al puerto, hay una carreta (lo que vendría a ser un food truck) que se llama La Guerrerense y tiene tan buena comida como marketing. Sabina, la dueña, es la heredera de este negocio familiar que vende las tostadas de mariscos y pescados más ricas de Ensenada desde hace sesenta años. Pedimos cuatro con las sobras, porque la carreta ultima lo que tiene a estas horas, ya a punto de cerrar. Aquí estuvo por ejemplo Anthony Bourdain.
Como nos quedamos con hambre visitamos la extensión de la carreta que tiene forma de restaurante: el Sabina. Una veintena de meseros y cocineros atienden a tres mesas. Es una hora rara, la gente ya ha almorzado hace rato y es demasiado pronto para cenar. Así, nos sirven rapidísimo los tacos de pescado y de camarón que pedimos. Están riquísimos y son el mejor colofón a nuestro paso por Ensenada, a la que mañana dejaremos atrás para continuar nuestro road trip por la Baja.