Planificar la visita a Bagan no es tarea sencilla. Hay tantísimos templos, tan esparcidos por la zona arqueológica, que abarcarlo todo es imposible. No hay manera de visitarlos todos en un día ni en diez. Por eso, sabiamente, nos hemos dejado aconsejar por nuestro querido internet. Empezamos a apuntar los templos imprescindibles en nuestro fantástico y baratísimo alojamiento, el Look Myanmar Inn.
Después de los imprescindibles, apuntamos los que no son tan frecuentados pero igualmente interesantes. Luego, los menos conocidos pero que merecen una visita. También marcamos todos los que, en algún momento, ofrecían buenas vistas para extasiarse con el amanecer y el atardecer. Al final la lista nos quedó un poco larga: unos sesenta templos en Bagan que deberíamos visitar. Esto de los más de 2.000 que hay. Imposible verlos todos. Ni los sesenta, ni mucho menos los 2.000.
El momento de ver los templos en Bagan: el amanecer y el atardecer
Hay dos momentos estrella en el día en Bagan. Hay que levantarse muy temprano para ver el amanecer. Y antes de que caiga la noche, el atardecer es el segundo momento cumbre del día. Nos hemos propuesto ser unos viajeros cumplidores, al menos estos dos días. La alarma ha sonado a las 04.15 h de la mañana y en veinte minutos, después de arreglarlo todo, ya estábamos subidos en nuestras motos eléctricas en busca de aventura.
Ha sido un acierto lo de alquilar la moto. No se nos ocurre otra manera de poder disfrutar de Bagan tan a lo grande, teniéndola tan para ti. Escoges el itinerario, las paradas, el tiempo que dedicas a cada templo, cuándo vuelves al hotel para desayunar, cuándo vuelves a salir, hasta dónde llegas. El tope es el cielo. Bueno, y la carga de la batería de las motos. Una de ellas, como era de prever, nos ha dejado tirados cuando el sol se escondía tras unas molestas nubes a la hora del atardecer.
Las mejores vistas, a cambio de una propia
El problema ha sido menor. Shine, uno de los muchos chavales que pululan por los caminos de Bagan cazando propinas, nos ha echado un cable al vernos apurados. Ha llamado a la agencia que nos alquiló las motos y en veinte minutos nos han traído una nueva. “¿Estáis buscando un templo al que poder trepar para ver el atardecer?”, nos ha preguntado Shine, que tenía un inglés bien entrenado y alma de comercial.
En lo que nos traían la moto nueva nos ha explicado que hasta hace poco todos los templos se podían escalar. Los turistas buscaban uno y se subían para admirar la majestuosidad de Bagan con los sugerentes primeros rayos del sol; o con los últimos, mucho más apasionados, ya por la tarde. Sin embargo, por motivos varios —seguridad, conservación del patrimonio— de un tiempo a esta parte se ha bloqueado el acceso a la parte alta de la mayoría de templos. Se comenta que todavía quedan algunos accesibles, y que los locales, montados en sus motillos, tienen sus spots secretos, que solo comparten por una bonita propina.
El primer templo conquistado (solo un par de minutos)
Shine venía a vendernos su secreto, como ya habían intentado otros veinte. Por la mañana hemos ido a tiro fijo a una zona en la que habíamos apuntado tres posibles víctimas para nuestro primer amanecer en Bagan. Uno era un templo que en una aplicación de mapas —hecha y actualizada por los mismos viajeros— estaba reseñado como ‘el mejor lugar de Bagan’.
Hemos llegado a la zona, hemos visto un par de turistas subidos en un montículo artificial —nuestro plan B— que esperaban a que el sol apareciera y nos hemos dirigido al templo Ta Wet. La entrada al edificio ha sido emocionante. Con todo todavía oscuro, nos hemos encarado con un enorme Buda que nos miraba entre la maleza que intenta adueñarse de esa antiquísima construcción. No era el único, había tres Budas más, cada uno de ellos apuntando hacia un punto cardinal. Todos distintos, todos igual de vigilantes.
Siguiendo las indicaciones de la aplicación hemos encontrado la escalera que daba acceso a la terraza. Hemos saltado una puerta cerrada con candado y hemos tenido Bagan para nosotros por un par de minutos. La imagen era memorable. El sol empezando a despuntar a lo lejos y una constelación de templos hacia los cuatro costados.
Recorriendo más templos en Bagan
Era demasiado bonito para ser verdad. Cuando ya nos disponíamos a sacar nuestras cámaras, hemos escuchado que alguien más se colaba por lo alto de la puerta. Un local, que se ha identificado como trabajador del área, nos ha espetado que ahí no podíamos estar, que estaba prohibido subirse a los templos —pese a que todos tienen escaleras, y pese a que esto no era así hasta hace unos meses—. Nos hemos hecho los locos, explicándole que habíamos pagado religiosamente nuestra entrada, y hemos acabado cediendo. La cosa no podía empezar peor. El incidente nos ha agriado el ánimo.
El montículo ha resultado ser un plan B de lo más mediocre. Con el sol ya en su sitio, hemos decidido olvidarnos del desengaño matutino aprovechando que el calor no molestaba en exceso. Hemos empezado a encadenar un templo detrás de otro: pequeños, grandes, descuidados, fantásticamente restaurados. Todos son un poco iguales, pero es divertido encontrarles particularidades. Lo más sobrecogedor es visitarlos solo, sin otros turistas, sin ningún birmano. Es el templo y tú.
Hemos sabido organizar bien Bagan en nuestro primer día: despertador pronto, vuelta para el desayuno a eso de las 10.00 h, siesta hasta el mediodía, nueva ronda de templos hasta que ha oscurecido, cena y a planificar el día de mañana. Nos va a tocar correr para ver lo máximo posible. Y, sobre todo, batallar por encontrar el lugar ideal para ver cómo Bagan da lo mejor de sí en sus dos momentos mágicos. Hemos marcado unas cuantas posibles víctimas en nuestro mapa. A malas, tenemos el teléfono de Shine y puede que le devolvamos el favor con una propina. A cambio, claro, de que comparta su templo con nosotros, aunque sea solo un rato.