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La leyenda de Verona | Día 2

Después de un despertar tardío y un desayuno mediocre —pero incluido en el precio del hotel, no nos vamos a poner exquisitos—, dejamos atrás Parma hasta nuevo antojo. Nuestro próximo destino, y el último en Italia, es Verona. La elección no obedece a nada en concreto. No es una ciudad que nos interese por nada en especial, pero logísticamente nos pareció una buena parada en nuestra ruta hacia el este. Y ya de paso, conoceremos la leyenda de Verona. Llegamos al mediodía a nuestro hospedaje a las afueras de la ciudad, el B&B Corte Caselle, un alojamiento bueno-bonito-barato, formato hotel boutique.

Verona nos quedaba a diez minutos en coche y después de descargar maletas, salimos a explorarla. Una tarde teníamos por delante y una tarde fue más que suficiente. Verona podría ser el perfecto paradigma de la ciudad italiana: calles empedradas, iglesias centenarias, fachadas antiguas coloridas, cafeterías y heladerías en cada esquina, buena gastronomía e ingentes masas de turistas copiándose los pasos.

El adoquín y las menorquinas son una mala combinación; aunque, de hecho, el adoquín combina mal con casi cualquier calzado, especialmente si uno es torpe hasta para caminar. El centro de Verona es preciosista y agradecido de ver. Fotito por aquí, fotito por allá, dictadura del selfi en su máxima expresión: una antología de ver a través de la cámara del móvil lo que podrías ver directamente con los ojos. Verona es una ciudad-museo en su fantástico centro histórico. Apenas hay coches —lo cual se agradece— y los oriundos brillan por su ausencia.

La casa de Julieta

Visitamos las plazas principales, atestadas de cafecitos a los que no nos atrevemos a mirarle la carta, y nos perdemos por las calles menos transitadas para constatar que le debemos nuestro sentido de la orientación a los mapas de Google. Las masas nos llevan hasta una de las grandes atracciones turísticas de la ciudad: la casa de Julieta, donde la leyenda de Verona asegura que vivió la protagonista de la historia de amor de Shakespeare. Evidentemente, todo es una fantasía perfectamente orquestada para contentar al turista ávido de cuentos y folclore. La casa, un antiguo palacio del siglo XIII, pertenecía a la familia veronesa Dal Capello; que, efectivamente, suena muy parecido a Capuleti. El famoso balcón de la historia es un apéndice posterior: apareció en la casa entrado el siglo XX. Pero qué más da.

Después de acercarnos a la figura de bronce de Julieta, a la que parece que hay que tocarle la teta para que la fortuna te acompañe, salimos huyendo en la dirección que nos marcaban los turistas. Sin darnos cuenta, acabamos en la Arena de Verona, el otro gran imperdible de Verona, uno de los anfiteatros romanos mejor conservados. Esa noche había ópera en directo. El plan sonaba de lo más atrayente, pero ya habíamos reservado hora para cenar y a la cena, y menos en Italia, no se le hace un desplante. Además, nuestra indumentaria rozaba lo no permitido por el dress code del evento. Quizás volvamos a Verona en un par de semanas a ver Carmen, depende de la conveniencia de la escala y de la insistencia de la mitad mexicana de Cultura Nómada.

Una cena bien italiana para despedirnos de Verona

Antes de cenar pedimos un Aperol Spritz asporto (para llevar) en un chino del centro de Verona. Sí, en el centro de Verona también hay bares regentados por la diáspora china, muy parecidos a los que tenemos en Barcelona: cutres, sin pretensiones y baratos. En Italia el aperitivo es la previa de la cena, no de la comida, y el Aperol Spritz con su color naranja nuclear y su glamour es la estrella. A nosotros el glamour nos dio un poco igual, lo que queríamos era un poco de alcohol, daba igual si venía en un vaso de plástico en lugar de en una copa estilizada.

Después de nuestro aperitivo para llevar, fuimos a uno de los restaurantes con más fama del centro de Verona: la Taberna di Via Stella. Resultó ser un acierto. Probamos la carne de caballo deshebrada con queso parmesano y uno de los risottos menos fotogénicos y más ricos que hemos comido nunca. Las fotos no hacen justicia a ese mejunje negro bañado en Amareno, un vino dulce típico de la región. Entre el vino del risotto, la botella de vino prosecco con la que acompañamos la cena y el Aperol previo llegamos a nuestro bed and breakfast Corte Caselle con el puntillo perfecto para tocar la cama y caer.

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