La isla de Mljet es lo que es —tranquila, poco concurrida— porque, entre otras cosas, llegan y salen pocos ferris de ella. Se entiende que es una estrategia del gobierno, que la quiere así pero sin embargo la promociona en todos lados. Hoy el objetivo era llegar de Mljet a Zadar. El segundo ferri que zarpa cada día de Mljet para volver a la Croacia continental sale a las 09.00 h y nosotros, que no queríamos quedarnos fuera, hemos llegado pronto para asegurar una plaza para los tres: nosotros y nuestro coche.
No éramos los únicos, delante nuestro había una veintena de coches ya esperando a que el barco de la compañía Jadrolinja, la que cubre todos estos trayectos hacia y entre las islas, nos abriera las puertas. Parecía que íbamos a tener éxito en nuestra primera etapa de la ruta de Mljet a Zadar.
Tomando el ferri para llegar de Mljet a Zadar
Para que un trayecto marítimo sea tranquilo, ahí os va una advertencia: evitad tener resaca. Eso es lo que le pasó a uno de nosotros la última vez que habíamos tomado un barco, a finales de diciembre pasado, entre Ibiza y Formentera. Lección aprendida. Anoche solo bebimos un par de vasos de vino indoloros y la media hora de trayecto ha transcurrido en la más apacible tranquilidad. Bueno, casi. La tranquilidad la rompían un par de niños croatas decididos a secundar el trabajo del café matutino, despertándonos a todos los pasajeros.
Ya de vuelta en el puerto de Prapatno, una pequeña ciudad en la península croata de Pelješac, que es la que evita que uno tenga que cruzar una decena de kilómetros de Bosnia y Herzegovina para ir desde Dubrovnik hacia el norte del país, hemos emprendido viaje hacia arriba del país. Es lo que hay que hacer para ir de Mljet a Zadar.
Un trozo de Bosnia y Herzegovina en Croacia
Hasta hace no mucho, cruzar Bosnia era una maniobra necesaria para los que hacían esta ruta croata por tierra. Pero justo hace un mes se ha inaugurado un espectacular y modernísimo puente de más de dos kilómetros que salva la distancia que separa esta pequeña península en su parte más septentrional con la Croacia continental. En el sur, Pelješac tiene un pequeño brazo que evita que sea una isla y lo une con Croacia en su parte cercana a Dubrovnik.
Hemos cruzado el puente, que todavía huele a nuevo, y hemos confirmado que los croatas son buenos construyendo infraestructuras. La carretera con la que seguiríamos camino al norte era nuevamente impecable, muy disfrutable de conducir. Hemos pasado un valle verdísimo salpicado de viñedos y bodegas que hemos lamentado no incluir en nuestra ruta, pero el tiempo apremiaba y la programación del día tenía poca cintura para incluirle planes no previstos.
Split, parada intermedia para ir de Mljet a Zadar
A eso de las 12.00 h, después de un par de horas de conducción, hemos llegado a Split, la segunda ciudad del país y nuestra parada técnica para almorzar. Split había estado siempre en nuestra ruta de este verano, pero al final hemos tenido que reducir nuestro paso por ella a un puñado de horas.
Hemos comido en el restaurante Bokeria, una modernidad llena de encanto, decorado con botellas de Aperol y Campari. Por si fuera poco, tienen una comida riquísima aunque un poco cara. Hemos pedido un risotto negro sublime (aunque nos ha recordado más a nuestro arroz negro español que al risotto italiano, pero qué más da) y una pasta con trufa.
La mitad mexicana de Cultura Nómada es una adicta a la trufa, pero casi siempre pierde escogiendo plato: pese a que la pasta estaba rica, el risotto estaba mucho mejor. Después nos hemos tomado un helado en Emiliana. Google aseguraba que los helados de ahí eran de los mejores de la ciudad, y la fila que había para conseguir uno parecía la constatación de ello. Nuestros helados de ricotta y limón han sido de los mejores que hemos comido en mucho tiempo.
Un paseo por Split
Con el estómago lleno hemos callejeado el centro de Split y su paseo marítimo, atestado de turistas. Split es la principal ciudad portuaria del país, a la que llegan y desde la que salen barcos a todas las islas y también a varios destinos internacionales. Como nosotros, muchos parecían estar de paso, tocando suelo antes de continuar trayecto.
La ciudad tiene un casco antiguo muy cuidado y fotogénico, con fachadas castigadas por los años que ojalá nunca se conviertan en modernidades hechas en producción masiva, todas igual de aburridas. Además, Split cuenta con varios vestigios de la época romana, entre los que destaca el Palacio Diocleciano, y una catedral en el mismo recinto arqueológico.
Antes de dejar Split atrás hemos comprado un par de trozos de queso locales para nuestra colección. El destino final del día, donde pasaremos las próximas dos noches, es la ciudad de Zadar, dos horas más al norte de Split y unas tres horas antes de llegar a Zagreb, la capital.
Último tramo hasta Zadar
Logísticamente nos convenía escoger Zadar como penúltima parada en el país, para evitar un trayecto larguísimo de Split hasta Zagreb. Además, como hemos comprobado más tarde, Zadar es justo lo que necesitamos en esta parte final del viaje: una ciudad abarcable, coqueta y sencilla de pasear y conocer. El Sr. Branko nos ha recibido en su edificio de apartamentos Villa Ida y nos ha dado las llaves de un dúplex que ya quisiéramos para nosotros en Badalona.
Era ya tarde, casi las 19.00 h, y el día nos ha dado para ver lo mejor de Zadar: su memorable e incomparable puesta de sol. Para ello hemos tomado una barquita minúscula que mueve un barquero, un sistema de transporte centenario que sirve para salvar la zona donde nos alojamos, cerca de la Marina, con el centro histórico. Por siete kunas por persona (unos noventa céntimos de euro) nos hemos ahorrado un cuarto de hora de caminata.
Es curioso que algo así se mantenga inalterable hoy en día, cuando sería mucho más sencillo levantar una plataforma uniendo esa distancia de apenas cuarenta metros. Uno no sabe si es un brindis al sol, una forma de respetar el legado marítimo de la ciudad o una concesión al lobby de los barqueros de Zadar. En cualquier caso, aplaudimos que la tradición se mantenga.
La puesta de sol de Zadar para el recuerdo
La puesta de sol de Zadar es única debido al Órgano de Mar, una construcción arquitectónica curiosísima que juega con los sentidos. Son unas escaleras que dan directamente al mar y que al recibir el golpe de las olas generan un sonido que recuerda al de un órgano. Es como si alguien confundiera esos escalones con teclas y consiguiera hacer música al tocarlos.
La imagen del sol al fondo con cientos y cientos de personas viéndolo ponerse, sentados en el Órgano de Mar, con un puñado de adolescentes dando saltos y bañándose, con una mezcla de idiomas y sonrisas, hace de este un momento ciertamente especial, de absoluta conexión con todo lo que te rodea. Mañana volveremos para volverlo a disfrutar; esta vez, eso sí, con un par de cervezas.