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Desde Theth hasta el Blue Eye, nuestra dosis viajera de trekking | Día 6

Nos fuimos a dormir tres y hemos despertado dos. No sabemos dónde se fue nuestro invitado indeseado, pero no lo hemos vuelto a ver, y quizás, con suerte, ha decidido buscarse otros turistas a los que asustar. Como habíamos previsto, antes de iniciar nuestro trekking desde Theth hasta el Blue Eye, el dueño de nuestro alojamiento se hizo anoche el loco cuando le enviamos el mensaje de alerta insecto. Se ha disculpado diciendo que no había buen internet, lo que no es del todo mentira, y que no había recibido el mensaje.

Se lo perdonamos porque al final la cosa no llegó a mayores. Como también esperábamos, ha hecho de menos el incidente, llamándonos urbanitas y paletos de manera muy educada, con un rodeo de eufemismos. Puede que no le falte razón, pero nuestro sobresalto se justifica desde el momento en que Google dice que algunos de esos escorpiones son incluso mortales. Un par de clases de supervivencia en la naturaleza no nos habrían venido mal.

Paletismo ilustrado

Además de llamarnos urbanitas y paletos, el dueño nos ha ayudado a planificar un poco la jornada y nuestro paseo desde Theth hasta el Blue Eye. Bueno, no es estrictamente el dueño, sino el hijo de los dueños, la cara visible de la familia porque habla inglés mejor que sus dos hermanas, que solo atienden si el chaval no está. La madre es la que cocina y saluda con la sonrisa más amplia y el padre, tosco y de gestos contundentes, es el que hace las labores más sucias y está trabajando en su lado más servicial; de momento, progresa adecuadamente.

El chaval nos ha confirmado que para hacer la excursión que teníamos prevista podíamos saltarnos la mitad de la caminata, lo cual nos ha hecho bastante felices. Reconocemos desde ya que no entramos dentro de ese prototipo de viajero aventurero que siempre busca rutas de montaña allá donde va. Al contrario, tratamos de evitarlas siempre que no sea imprescindible.

No somos catalanes al uso, no somos de hacer trekkings

Si acaso, somos de hacer algún trekking cortito si el propósito, ya sea el destino o la vivencia, realmente lo amerita. De hecho, aquí en los Alpes Albaneses muchos de los turistas que llegan lo hacen con el objetivo de cubrir el tramo de montaña que lleva de Theth al pueblo de Vallbona, o viceversa, una ruta de unos quince kilómetros que se recorre en unas ocho o diez horas.

Hoy nos hemos cruzado con unos catalanes —con otros catalanes, somos muchísimos de vacaciones por aquí, y también españoles— que hicieron ayer el trekking entre los dos pueblos y hoy, por si no habían tenido suficiente, habían hecho una ruta de cuatro horas hasta unas cascadas antes de llegar donde estábamos nosotros, en el Blue Eye, unas pozas muy cercanas a Theth que son realmente bonitas y se forman en dos descansos del río que transita la zona.

Los trekkings que nosotros no hacemos

Cuando nos han preguntado cómo era de duro, porque nosotros ya habíamos vuelto, les hemos dicho que no era muy duro, que quizás un rato al principio por cómo pegaba el sol y la ausencia de sombras, pero que lo demás era no demasiado exigente. Al explicarnos todo lo que ellos habían hecho en las 24 horas previas, hemos querido rebobinar para afrontar la conversación al revés, para saber de antemano que eran de ese tipo de viajeros que no somos nosotros y asegurarles que no debían preocuparse, que era una ruta muy sencilla. Es como cuando en una entrevista de trabajo te preguntan por las expectativas salariales: cuando uno expone sus cartas, tiene muchos números de llevar la mano perdedora.

De hecho, nosotros todavía hemos tenido el descaro de decirles que habíamos bajado en coche hasta que la carretera perdía el asfalto, cuando la mayoría de viajeros inician el trekking desde el mismo pueblo de Theth, con lo que alargan al menos una hora más —en cada sentido— el paseo. Vamos, una locura, cuatro horas de caminata con treinta grados. Una locura para nosotros que no somos el viajero catalán promedio que siempre nos encontramos por el mundo, el amante de la montaña que sale cada fin de semana por el Montseny y que su primera chincheta en cada destino la sitúa en las montañas. Para nosotros, las montañas, como la playa, son imprescindibles en nuestros viajes como panorámica a fotografiar y como sinónimo de pausa, de tranquilidad, de respiro.

Las aguas cristalinas del Blue Eye de Theth

El Blue Eye de Theth es una de las lagunas homónimas de aguas cristalinas que tiene el país. Albania tiene que trabajar mejor el naming de sus lugares turísticos; primero, para no confundirnos a los turistas; y segundo, para singularizarlos y hacerlos más atractivos. De hecho, el Blue Eye más conocido y visitado del país se encuentra en el sur, entre Gjirokastra y la Riviera Albanesa.

El Blue Eye de Theth sirve casi como excusa para alargar la estancia en las montañas, como actividad que complemente el dolce far niente que dicen los italianos: disfrutar con tranquilidad del lugar, del momento, de las vacaciones. El manantial natural es bonito, sí, y seguramente justifique el paseo de una hora de ida y otra de vuelta pese al calor y el sol inclemente, pero desde luego no es el motivo por el que venimos los viajeros a Theth. A Theth se viene para acercarse a los confines civilizados de Albania, aunque sean cada vez más civilizados, para disfrutar su lado más salvaje y natural.

Seguramente, la complejidad del trayecto invite a alargar la estancia aquí alguna noche más, para hacer algún otro trekking y pasear el pueblo, ver a los locales afanándose con contentar al turista, escuchar el rumor constante del río y convertirlo en tu nueva banda sonora preferida o levantar de nuevo la vista y asombrarse por la belleza de esos picos altísimos que te rodean. Nosotros hemos incluido Theth en nuestra ruta con calzador, porque pese a la mejora de las infraestructuras sigue siendo un destino logísticamente complicado y que queda a desmano de todo lo otro que hay que visitar en Albania. Pero pese a ello, y pese a los percances con los insectos, Theth nos ha gustado mucho.

La iglesia de Theth

De hecho, nos ha acabado de entusiasmar del todo cuando esta tarde, ya habiendo vuelto del trekking y habiendo descansado un rato, hemos salido a buscar la iglesia del pueblo, que es la imagen más icónica de Theth y seguramente de todo el norte del país. Es una iglesia cristiana católica construida en 1892 a la que el entorno hace increíblemente bonita y fotogénica. Es como que las montañas hubieran sido levantadas para que esa iglesia las tuviera de fondo. Nos hemos pasado un buen rato tomándole fotos y después hemos pasado por una torre de encierro (que sería la traducción aproximada de su original en albanés), una de las pocas edificaciones de este tipo que siguen en pie, y que eran usadas en su día por aquellos que se escondían de la muerte que les perseguía.

Esto es parte del Kanun, de ese entramado de leyes ancestrales que son una apasionante rareza llena de lógicas que solo son inherentes en el territorio en el que se aplican, pero incomprensibles para alguien ajeno a él. Las leyes tribales del Kanun incluyen todo tipo de locuras como que matar a alguien está permitido siempre que ese alguien haya matado a alguien de tu familia, o a un invitado, o haya violado o violentado a una mujer de la familia.

El Kanun, el código albanés que tolera la deuda de sangre

Es mucho más complejo y largo de explicar, y el libro Abril quebrado de Kadaré es paradigmático explicándolo, y súper recomendado, pero en síntesis el caso es que muchas familias vivían antes de la época comunista, y algunas también durante y después, en deuda de sangre. Durante generaciones y generaciones los varones de dos familias enfrentadas se mataban de manera legítima y los que eran verdugos y se convertían en perseguidos se escondían justamente en torres como esta de Theth que hemos visitado, que solo se construían con esa concreta función.

El Kanun alude al honor, al respeto, al servicio al prójimo, es un tratado secular que trata todos los aspectos de la vida, que se transmite oralmente y que todos los que lo comparten asumen como palabra de Dios. Es difícil encontrar datos y estadísticas, o reportes, o noticias o reportajes, que hablen de cómo se vive el Kanun hoy en día en las montañas de Albania. Parece que todavía existe, en algunas aldeas y pueblos remotos, no en Theth.

De toda la trama de normas la que parece que más persiste y se mantiene es justamente la de la deuda de sangre y las muertes por honor familiar. Evidentemente, para poder escudriñar mejor harían falta semanas aquí y ser entrometido y preguntar cosas que pueden resultarle incómodas a los locales. Estamos de vacaciones y es algo que no toca, pero el Kanun, aunque sea como recuerdo del pasado, se siente como parte inseparable de la historia y el devenir de las montañas de Albania.

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