Kuching, la Georgetown de Borneo | Día 7

Anoche llegamos de Brunéi al mejor alojamiento de todo nuestro viaje por Borneo, el Sheraton de Kuching, en el que vamos a hacer una excepción asumible en nuestro presupuesto viajero. El día empieza con un desayuno buffet épico. Después de tantos días, nos reencontramos con el queso y el pan sin gluten, además del mejor kaya que hemos probado jamás. Y salmón ahumado, shakshuka, huevos preparados al gusto, una barra de wok, fruta riquísima y tantas otras cosas. Podríamos quedarnos a vivir en este buffet. Una misión en la ciudad de los gatos Salimos a pasear por el waterfront y nos dejamos llevar por las calles cercanas. Kuching se nos presenta de primeras amable, arreglada, coqueta. Nos recuerda a Georgetown por sus casas de colores pastel, por los murales y el arte callejero, por esa mezcla de malayos, chinos e indios que llena las calles de diversidad y buen rollo. Además, aquí todo gira alrededor de los gatos, empezando por su nombre, como si la ciudad entera estuviera tematizada. Hay esculturas, souvenirs, el único museo de gatos del mundo y referencias constantes a ellos en Kuching. Es parte de su cultura pop y su tradición, pero también un gran ejercicio de marketing turístico. El río parte la ciudad en dos y, de fondo, el edificio legislativo se alza monumental, convirtiéndose en la postal de todas las fotos. Mientras tanto, nosotros encaramos una misión clave para afrontar el tramo final del viaje: comprar calzoncillos para no tener que lavar los ya usados. Tras mucho buscar, encontramos dos pares en lo que sería el equivalente malasio a El Corte Inglés español o al Liverpool mexicano. Cumplida la misión, nos antojamos de todos los souvenirs. En el sudeste asiático lo más innecesario parece irresistible. Visita al Borneo Cultures Museum de Kuching y una cena para recordar Por la tarde visitamos el Borneo Cultures Museum de Kuching, donde aprovechamos nuestra condición de estudiantes perpetuos para comprar las entradas con descuento. El museo está muy cuidado y ofrece un recorrido excelente por la historia, las culturas y la naturaleza de la región. Salimos con la sensación de haber hecho un curso acelerado de Borneo. Nos hubiera gustado pasar más tiempo, pero antes de llegar se nos ha cruzado por medio un batido de coco que nos ha hecho demorar un poco la llegada. Para cenar seguimos la recomendación de Mizrim, el Guest Relations Manager de nuestro hotel, con el que anoche estuvimos conversando un buen rato y nos dio un puñado de buenísimos insights locales. Así, justo al lado del hotel, subimos hasta la azotea de un parking de muchas plantas para encontrarnos con una especie de food court al aire libre al que llaman Topspot, lleno de puestos en los que venden marisco y pescado fresquísimo a un precio excelente. Comemos gambas, unos brotes de verdura local llamados midi y un cangrejo con salsa épica que nos obliga a chuparnos los dedos de la más literal de las maneras. Todo sabrosísimo y directo a nuestra lista de recuerdos gastronómicos en el Sudeste Asiático. De vuelta al hotel subimos a la planta 23, donde está la infinity pool desde la que se ve toda la ciudad. Cae un aguacero monzónico que no impide que algunos locales se bañen como si nada. Cuando escampa, volvemos a subir y nos quedamos un par de horas en la piscina, helados pero felices, justificando la elección con las magníficas vistas sobre la ciudad. Nos vamos a dormir a la hora del cierre, felices porque en unas horas tenemos buffet de nuevo.
Dos horas sin actividad, Brunéi deja de serlo cada viernes | Día 3

Los viernes de Brunéi son días extraños, especialmente si eres turista. El país se detiene entre las 12.00 y las 14.00 h para la gran oración, y esa pausa lo convierte en un lugar aún más desierto de lo habitual. Hacemos el check out al mediodía y, a la espera de nuestro vuelo vespertino, aprovechamos esas horas de vacío para pasear una ciudad en silencio. Encontramos un templo taoísta abierto, un oasis de color que nos sirve de entretenimiento fotográfico mientras el resto del país está rezando. La vida de Brunéi en viernes se reactiva a las 14.00 h Después nos acercamos al Big Wall de Brunéi y a las cuatro casitas de colores pastel de la calle Jalan Roberts, que parecen sacadas de un decorado. Cuando acaba la oración, a las 14.00 h, la vida vuelve a las calles. Esto es Brunéi y los tumultos no existen, pero sí vemos a grupos de hombres saliendo de la mezquita y acercándose a la entrada de los centros comerciales. Después de nuestras tres visitas turísticas este es nuestro siguiente punto en la ruta. Es el mismo centro comercial en el que ayer practicábamos uno de nuestros deportes preferidos de viaje: visitar los supermercados autóctonos. Como casi todo está cerrado, preferimos no complicarnos y comemos en el food court del centro comercial. No nos atrevemos con el ampuyan, uno de los principales platos locales, que nos genera más dudas que curiosidad, y vamos a lo seguro. Pedimos el plato de fish and chips con menos amor de la historia y tres dumplings rellenos de carne. Cuando México y Brunéi comparten muchas cosas Como ya ha pasado en los dos días anteriores, y como también nos ha pasado en Malasia, aquí todo es fútbol inglés. Es el único que retransmiten por la televisión, y muchísima gente lleva camisetas de clubes de la Premier League, especialmente del Liverpool. Ayer, eso sí, nos encontramos con un hombre cincuentón y robusto con una camiseta de México, al que saludamos en castellano creyéndolo compatriota. Pero no, era bruneano. De hecho, en el mercado también encontramos un puestito de tacos montado por un reconocido chef local. El crossover menos esperado: México y Brunéi resulta que son países hermanados por el fútbol y la comida. Mientras seguimos contando camisetas del Liverpool, un aguacero nos obliga a retrasar la vuelta al hotel. Matamos el tiempo comprando souvenirs tan horteras como entrañables en el mismo centro comercial. Recogemos nuestras cosas en el hotel y aprovechamos el transfer gratuito al aeropuerto. El camino hacia la terminal nos deja estampas de una ciudad monumental y vacía, con avenidas gigantescas sin tráfico y edificios gubernamentales que parecen sobredimensionados para un país tan pequeño, y para el uso que se les da. Nos vuelven las vibras de Naipyidó, y también un poco de Astaná. Rumbo a Kuching con Royal Brunei El aeropuerto de Brunéi es diminuto pero cuidado. La puerta de embarque parece el ala oeste del palacio del sultán, al que nunca llegamos a entrar porque solo puede contemplarse desde una reja. Al salir, nos vuelven a estampar el sello en el pasaporte, como recordatorio de aquel mítico bus que nos trajo desde Kota Kinabalu. Con este, ya sumamos cuatro sellos de Brunéi en nuestro pasaporte, tras la maratón del bus mítico. El vuelo con Royal Brunei es una sorpresa grata. Despegamos antes de tiempo, los sobrecargos sonríen con la amabilidad habitual de los bruneanos, el catálogo de películas es enorme, el mapa interactivo es impecable y hasta nos sirven una cena ligera en un trayecto de apenas una hora. Aterrizamos en Kuching, de vuelta en el Borneo malasio, y la humedad nos da la bienvenida. Esta vez toca consentirnos. Vamos a pasar tres noches en el Sheraton.
Brunéi: dos mezquitas, Kampong Ayer y el país más tranquilo | Día 2

Brunéi no es país para turistas, pero tampoco pretende serlo. Antes de la pandemia llegaban unos 4,5 millones de visitantes al año, y según su Departamento de Desarrollo Turístico en 2024 recibieron 2,7 millones de turistas. Son cifras que están muy lejos de su vecina Malasia, que en 2024 recibió a más de 25 millones de visitantes. Brunéi no es país para turistas, pero podría serlo, al menos para un par de días, porque hoy hemos confirmado que merece que se le ponga una chincheta en el mapa. Aunque solo sea por las dos magníficas mezquitas principales de Brunéi y por su aldea en el agua, Kampong Ayer. En nuestro céntrico hotel, donde todo son sonrisas y parabienes de los trabajadores, apenas coincidimos con otros viajeros. Tenemos desayuno incluido estilo buffet asiático. En esta parte del mundo nos apegamos al arroz como lo hacen los locales. Pero desayunarlo todos los días, no. Quizás sí uno de cada tres o cuatro. Otro de nuestros básicos asiáticos son las patatas fritas, que nuestro hotel tiene el acierto de servir para desayunar. A falta de queso, embutido y huevos, desayunamos patatas fritas y un poco de fruta. La mezquita Jame’ Asr Hassanil Bolkiah, la mayor de Brunéi Es el día de los dos que vamos a pasar en Brunéi que tenemos que destinar a la mayoría de visitas. Mañana es viernes, y nos han advertido que no esperemos mucho movimiento en el país; que no encontraremos nada abierto. Por eso enfilamos pronto la calle y nos desplazamos a la mezquita Jame’ Asr Hassanil Bolkiah, inaugurada en 1994 para conmemorar el 25 aniversario de la llegada al trono del sultán Hassanal Bolkiah. Es un templo majestuoso, la más importante de todas las mezquitas de Brunéi, que puede acoger hasta 5.000 fieles y tiene 29 cúpulas doradas, una por cada uno de los sultanes de la historia del país. La mezquita Jame’ Asr Hassanil está rodeada por unos cuidados jardines y sus trabajadores son la confirmación de que la amabilidad parece venirles de serie a los bruneanos. Nos indican dónde acercarnos para cubrirnos con las batas para seguir el código de vestimenta de la mezquita. Nos las ponemos y nos sentimos como estudiantes de Hogwarts, versión Gryffindor. El interior está decorado por mármol, candelabros, mosaicos y alfombras persas. Es un sinfín de detalles que los trabajadores se esmeran en mantener impolutos. La mezquita Sultan Omar Ali Saifuddien y recorrido en bote Pasamos más de una hora y media recorriéndola, admirándola y tomándole fotos desde todos sus ángulos, por dentro y desde el exterior. Son las 11.00 h y nos desplazamos a la segunda de las mezquitas icónicas de brunéi, la del Sultan Omar Ali Saifuddien, más antigua y famosa por su fotogenia junto a una laguna artificial. Es bastante más pequeña que la mezquita Jame’ Asr Hassanil Bolkiah, y visitarla después la desmerece un poco. Es un símbolo nacional, la mezquita en la que se celebran las principales ceremonias religiosas del país, y está dedicada a Omar Ali Saifuddien III, el padre del sultán actual. Tras explorar las dos mezquitas principales, el siguiente objetivo de la ruta turística por Bandar Seri Begawan, la capital de Brunéi, es Kampong Ayer. Está considera como la aldea flotante más grande del mundo, con cerca de 30.000 habitantes. Para llegar al poblado, situado a unos cincuenta metros del frente marítimo, hay que tomar un bote. Hay decenas de barqueros dispuestos a pasarte, o a ofrecerte un tour por la aldea y hacia arriba del río, hacia los manglares en los que habitan los monos narigudos. Nos juntamos con Eli y Paula, nuestras compañeras en el bus de los ocho sellos de ayer, y hacemos la excursión juntos por once dólares bruneanos por cabeza, unos ocho euros. Vemos a varios monos y nuestro guía improvisado nos deja en uno de los embarcaderos para que paseemos Kampong Ayer entre sus calles. Aunque lo de las calles es un eufemismo. El poblado sobre el agua conecta sus construcciones con una red interminable de pasarelas de madera, puentes y tablones que crujen al pasar, formando un auténtico laberinto flotante. Hay que pisar firme y vigilar por dónde se sigue para no acabar nadando, como alguno de los habitantes del pueblo, que los vemos desplazándose a nado. La aldea flotante de Kampong Ayer En teoría en la aldea flotante hay tiendas y restaurantes y colegios y todos los servicios que pueda necesitar una comunidad. En la práctica apenas nos cruzamos con algunos locales aquí y allá, y el restaurante en el que habíamos previsto almorzar está cerrado. Así que volvemos a la ciudad. Nuestras compañeras se van a visitar la mezquita con la que nosotros habíamos empezado la ruta, y nosotros nos disponemos a hacer turismo de supermercado, uno de nuestros preferidos. La sensación de vacío de Kampong Ayer se reproduce en Bandar Seri Begawan. Brunéi parece un país fantasma. En el supermercado, un supermercado enorme repleto de (casi) todo, nos encontramos con una estampa improbable. Somos los únicos comprando y las estanterías parecen preparadas para un reportaje fotográfico, extraordinariamente ordenadas, como si fuera una farsa, como si en realidad nadie comprase. La ciudad y el país nos dan vibras parecidas a las que tuvimos en Naipyidó, la capital de Myanmar, una ciudad desierta con grandes estructuras e infraestructuras que nadie parecía aprovechar. La comida bruneana en el mercado nocturo Después de descansar en el hotel salimos a recorrer, y a comer, un mercado de comida callejera que nos recomendó el taxista de ayer. Está justo al lado del alojamiento, y es un poco más de lo mismo. Sí, hay gente comprando y comiendo. Pero muy poca. Es cierto que el país no es muy grande, pero la capital, Bandar Seri Begawan, y su área metropolitana concentra a unos 300.000 habitantes, tres cuartas partes del total del país. Sin embargo, aquí la sensación es de muchos puestos de comida, decenas y decenas, para un puñado de compradores. En todo caso, comemos bien y
De Kota Kinabalu a Brunéi: el bus de los ochos sellos en el pasaporte | Día 1

Llegar hasta Brunéi, un país minúsculo de menos de medio millón de habitantes y seis veces más pequeño que Cataluña, no es sencillo. Es cierto que tiene un aeropuerto internacional, pero apenas opera una decena de vuelos diarios, la mayoría gestionados por la aerolínea nacional, Royal Brunei. Desde Kota Kinabalu hay un par de alternativas al avión. Una combina dos ferrys y un bus. Y la otra, tres veces a la semana, es un bus directo que no podría serlo menos. Su duración es incierta y se le conoce como el bus que obliga a acumular ocho sellos en el pasaporte. Un viaje épico que no teníamos previsto. Una odisea: cómo llegar a Brunéi desde Kota Kinabalu Brunéi está encajado entre Sabah y Sarawak, las dos regiones malasias de la isla de Borneo, y sin embargo mantiene un cierto aislamiento de país ermitaño, pese a los muchos lazos culturales, históricos y sociales que lo unen con Malasia. Tomamos el bus a Brunéi temprano, a las 07.30 h, desde KK Sentral, la estación de autobuses de Kota Kinabalu. No somos los únicos valientes. Además de un puñado de locales, que se irán bajando en las paradas intermedias de las ciudades malasias, viajan también una pareja de turistas alemanes y varios mochileros en solitario: un chino, una japonesa, una italiana, una catalana y otra viajera china. Esto lo iremos descubriendo sobre la marcha. El bus es relativamente cómodo para un desplazamiento urbano y aceptable para un trayecto de un par de horas, pero poco adecuado para pasar doce horas sentado. La compañía, Sipitang Express, dispone dos conductores que se turnan al volante. El primer tramo es de unas dos horas, y recorre lo que resta de la región de Sabah. Donde termina Sabah y empieza Sarawak hay un puesto fronterizo, pues esta región tiene algunos privilegios administrativos dentro de Malasia, entre ellos el control migratorio. Allí sellamos nuestra salida de Sabah y, justo al lado, la entrada a Sarawak. Son dos sellos distintos, ambos de Malasia, que autorizan una estancia de hasta noventa días en cada región. Los primeros sellos en el pasaporte, en Sabah y Sarawak Tras este primer cruce fronterizo, el bus de los ocho sellos en el pasaporte —que de momento suma dos— atraviesa un paisaje de palmeras y pequeños pueblos. A mediodía, cuando ya llevamos unas cinco horas de trayecto, paramos en Lawas. Nos dan una hora para almorzar y estirar las piernas, una eternidad sabiendo todo lo que queda por delante. La chica que se sienta a nuestro lado, a la que intuíamos española, se dirige a nosotros para confirmar que hemos entendido lo mismo: que la parada es de una hora. Es de Barcelona y se llama Paula, y su plan es todavía más descabellado. Planea pasar esta tarde en Brunéi y volver mañana a Kota Kinabalu, en este mismo bus de regreso. De vuelta al bus, en media hora llegamos por fin a Brunéi —por primera vez—. Salimos de Sarawak y entramos en nuestro nuevo destino, con los consiguientes dos nuevos sellos, que suman cuatro en total. El paso por este primer tramo del sultanato es mucho más breve de lo que imaginábamos. El mapa muestra que Brunéi está dividido por dos partes no integradas, separadas por territorio de Malasia. Pero recientemente, un puente modernísimo facilitó la conexión entre los dos fragmentos de Brunéi sin necesidad de pasar por Malasia. Adivina adivinanza, ¿quién no tiene permitido cruzarlo? Efectivamente, nuestro bus. Así nos lo confirma uno de los conductores cuando nos ve trasteando el mapa y advirtiendo que seguimos la carretera que nos devuelve a Malasia, y no la del puente que en media hora nos tendría en Bandar Seri Begawan, la capital bruneana. La ruta larga, la que nos disponemos a afrontar, añade tres horas más al viaje. Aquí es donde el bus de los cuatro sellos en el pasaporte pasa a tener ocho. Una hora más tarde nos hacen descender de nuevo del bus que nos lleva de Kota Kinabalu a Brunéi. Volvemos a Malasia y tenemos que sellar nuestro paso —fugaz— por Brunéi y nuestra entrada, de nuevo, a la región de Sarawak. Ya son seis sellos. Tras el paso fugaz por Brunéi, de vuelta a Malasia Aquí todo empieza a parecer una broma, y contrastamos impresiones e incredulidad con Paula y también con Eli, una veneciana que también mochilea sola. La dos están viajando largo, llevan desde principios de año por la región, y rellenar el pasaporte de sellos estaba previsto de antemano para todos estos meses. Pero no de esta manera. El trayecto hasta la ciudad de Limbang se hace eterno. Llegamos a las 16.17 h después de nueve horas de viaje y aquí se bajan algunos malayos. Una hora más tarde llegamos a la última frontera. Salimos de nuevo de Sarawak y entramos de manera definitiva a Brunéi. Con estos dos últimos sellos completamos la colección de ocho de todo el trayecto de bus. Hemos sumado uno de Sabah, cuatro de Sarawak y tres de Brunéi en un solo día. Este 13 de agosto de 2025 no tendrá comparación en nuestros pasaportes viajeros. Llegamos a Bandar Seri Begawan tras doce horas de bus. El optimista billete de bus entre Kota Kinabalu y Brunéi indicaba que íbamos a llegar a las 09.40 h de la mañana, y son más de las 18.00 h. Estamos en la zona de Gadong, uno de los centros neurálgicos de Brunéi, y ya está en marcha el mercado nocturno de comida, una de las experiencias que teníamos apuntadas para el viaje. Aprovechamos la coyuntura, y que el conductor de Dart —el equivalente a Grab en el país— no ha querido llevarnos a nuestro hotel junto a la pareja alemana, por exceso de equipaje, y nos quedamos a cenar. Primera toma de contacto con Brunéi La escena es un circo. Dos turistas perdidos con dos maletas y tres mochilas dando vueltas por el mercado. Los locales se nos quedan mirando con curiosidad. Y nos empiezan a
Misión fallida: la mezquita de Kota Kinabalu bajo el monzón | Día 6

La lluvia en el Sudeste Asiático es un fenómeno connatural a la región, parte de su encanto aunque, casi siempre, un fastidio inoportuno. Ayer nos respetó en Sepilok hasta el momento en que volvimos al alojamiento. Pero hoy, el cielo nos la ha devuelto, y nos ha estropeado la visita que queríamos hacer en Kota Kinabalu a su mezquita flotante, uno de los pocos atractivos turísticos de la ciudad principal de la región malasia de Sabah. Vuelo de Sandakan a Kota Kinabalu El día ha sido una sucesión de decisiones que podríamos haber tomado mejor si las hubiéramos tomado distinto. Para empezar, por la mañana, hemos llegado al aeropuerto con tiempo de sobra. Hoy nos tocaba volar de vuelta de Sandakan a Kota Kinabalu, y el aeropuerto de la primera apenas opera una decena de vuelos al día. Así, las aglomeraciones son inexistentes y los procesos muy rápidos. En apenas diez minutos hemos facturado nuestra maleta y ya estábamos esperando en la sala de embarque, sin apenas cola para pasar el control de seguridad, en el que el guardia se ha despedido de nosotros en castellano al devolvernos los pasaportes. La espera ha significado gasto, pues no hemos podido evitar llevarnos un par de souvenirs selváticos de Sabah de vuelta a España. El vuelo, como el de ida, ha sido un suspiro. El avión ha permanecido en el aire apenas cuarenta minutos y el aterrizaje en Kota Kinabalu ha sido suave y placentero. Hemos hecho ambos vuelos con Firefly, de la que siempre recordaremos sus cacahuetes fantásticos. Deben tener fama, porque los venden en bolsas grandes por cuatro euros. Uno abogaba por llevarse una bolsa, pero la otra lo ha disuadido. Regreso a Kota Kinabalu: comida local y hostel Vamos a pasar solo esta noche en Kota Kinabalu, sumándole una jornada a nuestra breve estancia anterior antes de volar a la selva. Mañana hacemos un pequeño impasse de la ruta por el Borneo malasio para adentrarnos en el Borneo bruneano. Estando aquí no íbamos a desaprovechar la oportunidad de conocer Brunéi, un país tan ajeno e ignorado que, por serlo, nos resulta de lo más sugerente. Antes, queríamos hoy conocer mejor Kota Kinabalu. Después de hacer check in en nuestro hostel, el Faloe Hostel, un alojamiento muy arreglado y económico que escogimos para bajarle un poco el ritmo al dispendio en hospedajes, nos hemos dispuesto a buscar comida. Nos hemos dejado aconsejar por las recomendaciones del hostal y en el centro comercial que tenemos al lado, el KK Times Square, hemos almorzado riquísimo por menos de ocho euros en el restaurante Ah Yen Traditional Fried Pork. Hemos comido noodles de arroz con carne de cerdo y arroz con pollo. La salsa picantita de la casa era una exquisitez, parecida a la salsa macha mexicana. La mezquita flotante de Kota Kinabalu Entre lo que nos quedaba por ver de Kota Kinabalu, que era casi todo, hemos tomado un Grab para desplazarnos hasta lo más alejado del centro: la Masjid Bandaraya Kota Kinabalu, la mezquita flotante de la ciudad. Es muy parecida a una que visitamos en Malaca allá por 2019, y nos hacía gracia vernos en el antes y el después en dos escenarios tan parecidos. Cuando estábamos a mitad de camino han empezado a caer gotas. Lo podríamos haber previsto haciendo caso al pronóstico del tiempo, que ya habíamos revisado, o simplemente mirando al cielo con atención. Cuando hemos llegado, ha empezado a caer un enorme aguacero. Había varios turistas resguardados en una carpa improvisada que los trabajadores montan cada día, sabedores que el monzón golpea siempre a esa hora. Para acercarse a hacer una foto había que pagar 5 ringits (un euro), pero la lluvia no ha parado lo suficiente para que nos llegásemos a plantear si ese impuesto revolucionario era un robo o un peaje necesario para conseguir una buena perspectiva de la mezquita flotante de Kota Kinabalu. Claramente hemos escogido mal el momento en el que comer, porque podríamos haber visitado antes la mezquita y luego volver al centro comercial para nuestra única comida del día. También hemos escogido mal yendo, no solo por no haber visitado la mezquita, sino sobre todo por tener que volver luego. Era hora punta y los Grab tenían las tarifas por las nubes. Hemos tenido que asumir la derrota y reservar uno por el equivalente a seis euros, lo que equivale a una burrada y media en Malasia para un trayecto de quince minutos. El colofón a un día torcido bajo el monzón Por si no hubiera sido suficiente, al llegar, envalentonados porque la lluvia no caía con tanto ímpetu, hemos cruzado una calle para comprar algunas provisiones para el largo viaje de bus que nos espera mañana. Como siempre, nos hemos tomado nuestro tiempo decidiendo, y cuando hemos salido con nuestras patatas y nuestros frutos secos Kota Kinabalu ha vuelto a mostrarse en todo su esplendor monzónico. Le hemos dado un poco de chance a la tormenta, esperanzados de que frenase, pero al cuarto de hora nos hemos dado por derrotados y hemos cruzado como posesos sin conseguir evitar que acabáramos bien remojados. En nuestros viajes siempre hay algún día así, en el que los astros se alinean para que nos salga todo del revés y nosotros somos muy poco hábiles para evitarlo. Ojalá este haya sido el único día así, aunque la previsión augura tormentas para todo lo que queda de semana.
Conociendo al oso malayo y al orangután de Borneo en Sepilok | Día 5

Nuestros días en la selva de Borneo han estado cubiertos de desayunos incluidos. En Sepilok hemos seguido con la tendencia que comenzamos en nuestro lodge a orillas del río Kinabatangan, y nuestro hospedaje nos ha incluido desayuno, que pese a escaso, nos ha dado la gasolina necesaria para encarar la última jornada en esta zona remota del Borneo malasio. Hemos hecho dos noches aquí, en Sepilok, para conocer de cerca al oso malayo (sun bear) y al orangután de Borneo, al que intuimos en el río Kinabatangan. Los centros de rehabilitación en Sepilok Aquí, en Sepilok, hay dos centros de rehabilitación situados a escasos metros uno del otro. Uno es el Bornean Sun Bear Conservation Centre, que trabaja para rescatar y reintroducir en la selva a estos pequeños osos de pecho dorado. Y el otro es el Sepilok Orangutan Rehabilitation Centre, donde crían y entrenan a orangutanes huérfanos para devolverlos a la vida salvaje. Ambos están rodeados por la selva tropical y permiten observar a los animales en un entorno lo más parecido posible a su hábitat natural, aunque no lo es del todo. La sensación en ambas visitas es de una ambivalencia difícil de resolver. Solo conociendo los antecedentes y el propósito real de cada centro —y entendiendo que su objetivo no es el entretenimiento, sino la conservación— se logra disipar la sombra de estar visitando un zoo. Aunque, en algunos momentos, como al ver a los animales tras un cristal o concentrados en un área acotada, la puesta en escena invite a la confusión. El Sepilok Orangutan Rehabilitation Centre Hemos empezado visitando el Sepilok Orangutan Rehabilitation Centre, pionero en la recuperación y reinserción de orangutanes huérfanos o rescatados del cautiverio. Aquí aprenden a sobrevivir de nuevo en la selva. Entre plataformas de observación y senderos en la jungla, el visitante puede verlos balancearse e ir a buscar la comida que les traen los cuidadores en dos momentos del día: a las 10.00 h y a las 15.00 h. La entrada para la mañana sirve también para la tarde. Con lo que hemos repetido visita. En el centro, el más de medio centenar de orangutanes convive con monos, ardillas y todo tipo de aves, entre otras especies. Verlos interactuar entre ellos y con el entorno, en unas condiciones y bajo unas lógicas cercanas a las que les serían connaturales, resulta de lo más sugestivo. Los orangutanes son animales perspicaces e inteligentes, que en lugar de pelearse por la comida que les traen la comparten sin disputas. Sin embargo, los monos del recinto son lo contrario: egoístas y molestos, se disputan cada pieza de fruta. Son dos pulsiones opuestas, instintos que se contraponen, y que uno es capaz de identificar en la naturaleza humana. Segunda visita a los orangutanes con algunos interrogantes En la segunda visita ha sido especialmente raro el tramo final, cuando nos han indicado que el gran orangután del centro, que no se había dejado ver por la mañana, estaba en una de las zonas del recinto. Precisamente, en la que está acristalada y dispone de aire acondicionado para los visitantes. El big man orangután, que es como lo llaman los cuidadores, ha estado devorando fruta y verdura durante veinte minutos, mostrándose espléndido ante nuestro objetivo, naturalizando la presencia humana. Cuando quedaban cinco minutos para que cerrase el centro, big man se ha retirado con sigilo y los altavoces nos han indicado que se había acabado el tiempo de alimentación e iban a cerrar. Es fácil observar que los timings han estado coreografiados al milímetro, como si los cuidadores y los animales se rigieran por un guion que marca el final exacto de la función, el final del show. ¿Preferimos no pensar mal? Preferimos quedarnos con que ha sido una concatenación de casualidades. ¿No? El Bornean Sun Bear Conservation Centre Entre medio de las dos visitas para ver el orangután de Borneo en Sepilok, hemos aprovechado para conocer de cerca al oso malayo, al sun bear. El Bornean Sun Bear Conservation Centre es el doble de caro de acceder (unos diez euros por cabeza) y tiene muchísimo más marketing detrás, con todo de dibujos, gráficos, vídeos elogiando la labor del CEO… En fin, que sí, que todo sea por ayudar a que los osos puedan ser rehabilitados. El centro se dedica a rescatar a osos malayos huérfanos o víctimas del cautiverio, a cuidarlos y entrenarlos para que puedan volver a vivir en libertad en la selva de Borneo. Durante la visita, los hemos podido observar en recintos amplios y trepando troncos, jugando con cuerdas y durmiendo como si el ajetreo de visitantes no fuera con ellos. El centro aprovecha cada panel informativo para recordarte su papel crucial en la conservación de la especie. Y también para que te lleves algún souvenir de vuelta a casa. Fin de la jornada en Sepilok Tras la doble visita en Sepilok al orangután y el oso, hemos encarado la vuelta al hotel, previo paso por el mismo restaurante en el que comimos ayer, el White House Bistro. Hemos vuelto a pedir arroz con pollo, claro, y también hemos compartido un batido de mango y unas patatas fritas. Nuestra estampa gastronómica era de adolescentes o de pobres, o quizás de adolescentes pobres. Especialmente porque al lado, una pareja más mayor de croatas (¿o serbios?) ha pedido dos cervezas de litro, dos gin tonics y tres platos de comida. Pero no nos hemos hecho ningún reproche: adolescentes o pobres, hemos comido felices. Nuestra estancia en Sepilok y en esta región de Borneo llega hoy a su fin y mañana nos volvemos a Kota Kinabalu, donde pasaremos fugazmente medio día más antes de dar el salto, también fugaz, al tercer país que habita esta enorme isla: Brunéi. Eso será ya pasado mañana. Por el momento, vamos paso a paso y nos dormimos planeando los imprescindibles de Kota Kinabalu que tenemos que acabar de visitar —y de comer— mañana.
El Rainforest Discovery Centre de Sepilok | Día 4

La pareja de catalanes y una familia de italianos han hecho muy buenas migas. Somos pocos los que quedamos de nuestra llegada conjunta original en el Bilit Adventure Lodge, nuestro alojamiento durante la estancia en el río Kinabatangan, y resulta raro no decirnos nada, porque hemos compartido todo, pero nosotros somos unos rancios y ellos también lo son con nosotros. A los catalanes no les hemos dirigido la palabra, ni viceversa. Lo mejor será que tratando de esquivarnos nos acabaremos encontrando mucho después, una vez acabado el tour, en el Rainforest Discovery Centre de Sepilok. Carolina aduce que se creen que no queremos hablarles porque son catalanes, y ellos no saben que la camiseta del Madrid que llevaba el primer día no era indicativa de que servidor también lo fuera. Desde ayer, en el Bilit Adventure Lodge nos sientan a todos juntos para comer, cenar y desayunar; a nosotros, a los catalanes, a la familia italiana y a otros dos italianos. Confraternizar es una imposición que no se ajusta a nuestros estándares relacionales de amabilidad y formalismos. Llegada a Sepilok, puerta a la selva de Sabah en Borneo El caso es que nos vamos todos juntos en el mismo bote. Y después también en el mismo bus. Y llegamos todos a Sepilok, el poblado en el que vamos a pasar dos noches antes de dejar atrás la parte más selvática de la provincia de Sabah, en el Borneo malasio. Aquí vamos a ver orangutanes y también osos, en sendos centros de rehabilitación. A nosotros nos dejan en nuestro alojamiento, pero es muy pronto —las 10.30 h— y no podemos hacer check-in hasta las 15.00 h. A nuestros compañeros a los que ignoramos, y que nos ignoran, los llevan al Rainforest Discovery Centre, el tercer punto de interés de Sepilok, que nosotros queremos visitar hoy. Como sabemos que están ahí y no queremos darle al destino la oportunidad de cruzarnos de nuevo, nos quedamos en nuestro nuevo alojamiento un par de horas descansando, haciendo nada, evitando la posibilidad del encuentro. Visita al Rainforest Discovery Centre de Sepilok Pasadas las 12.00 h, ya recuperados y convencidos de que nuestros antiguos compañeros estarán en su siguiente destino, caminamos hasta el Rainforest Discovery Centre de Sepilok. Este espacio es un centro de divulgación y observación de la naturaleza de la región. Cuenta con senderos, una pasarela elevada que se adentra en las copas de los árboles, torres de observación de aves y áreas interpretativas para aprender sobre la biodiversidad de la zona. Entramos y comenzamos a explorar el mapa que nos han dado, decidiendo si ir hacia la izquierda —donde hay un jardín botánico— o hacia la derecha, donde está la pasarela elevada. En esas, giramos la cabeza y, a lo lejos, aparecen los catalanes y la familia italiana. No puede ser. Es un momento incómodo que resolvemos caminando hacia delante como si no los hubiéramos visto, aunque todos sabemos que sí, que nos hemos reencontrado. El que mueve los hilos ahí arriba se lo está pasando en grande. Toda la estrategia para no volver a coincidir ha resultado en fracaso estrepitoso. Estamos convencidos de que una vez de vuelta a Barcelona, el primer día que pisemos la ciudad, los volveremos a ver. En fin, pasamos página y eso, si ocurre, ya será una preocupación de nuestros yos del futuro. Ahora sí nos disponemos a disfrutar de la visita pese al sofoco de estas horas del día. El Sepilok Giant y la pasarela entre las copas de los árboles La pasarela se eleva treinta metros por encima del suelo y ofrece vistas imponentes, supera con creces nuestras expectativas. No vemos demasiada fauna, apenas algunos pájaros y una ardilla negra voladora. El Sepilok Giant, un árbol majestuoso de más de sesenta metros, es uno de los grandes atractivos del Rainforest Discovery Centre de Sepilok. Pasamos cerca de dos horas recorriendo el centro y confirmamos que no tener expectativas siempre es una buena idea. Nos ha gustado más de lo que esperábamos. Comemos en el White House Bistro, un restaurante a medio camino entre el Rainforest y nuestro alojamiento. En Sepilok la mayoría de los restaurantes se ubican en hoteles. Añorábamos el arroz después de cinco horas sin probarlo, así que pedimos dos platos y agua bien fría. Todo nos sale por nueve euros; hace rato que hemos dejado de trasladar la realidad de los precios del Sudeste Asiático a la de nuestra Barcelona de origen. Mejor no deprimirse de más. Llegamos justo a tiempo para el check-in. Nos ha tocado una habitación gigante, con capacidad para seis personas, la única disponible en todo el pueblo para estas fechas. Tenemos una terracita encantadora en la que tomamos cerveza y picamos patatas durante toda la tarde, mientras planeamos todo lo que nos espera en los próximos días. Mañana iremos en busca del quinto de los big five, el único pendiente: el orangután.
Qué ver en Astaná: guía de viaje a la capital futurista de Kazajistán

Astaná, la actual capital de Kazajistán, es uno de esos lugares que parecen imposibles. Es excesiva, desmesuradamente futurista, un deliro. Es una ciudad que desafía cualquier comparación en medio de la estepa. Si en tu ruta por Kazajistán buscas lo inesperado, aquí lo encontrarás: rascacielos de cristal, avenidas monumentales y espacios urbanos concebidos como utopías arquitectónicas. ✍️ Conoce qué ver y qué visitar en Kazajistán en nuestra completa guía del país. Astaná significa precisamente “capital” en kazajo. Hasta 1997 se llamaba Akmola, año en que sustituyó a Almaty como capital del país. Durante un breve paréntesis (2019-2022) adoptó el nombre de Nursultán en honor al presidente Nursultán Nazarbáyev, quien lideró el país durante casi tres décadas. Hoy viven aquí más de 1,3 millones de personas, mayoritariamente de origen kazajo y religión musulmana, y el ruso es el idioma predominante, por encima del también oficial kazajo. El turismo internacional es escaso en Astaná, casi inexistente. Y resulta incomprensible, porque Astaná es única. Es el ejemplo perfecto de cómo la voluntad humana puede modelar un territorio. Por su ubicación en medio de la estepa, el frío domina casi todo el año y obliga a que todo esté planificado adecuadamente para combatir temperaturas de hasta -40 grados. De hecho, Astaná es la segunda capital más fría del mundo, solo por detrás de Ulán Bator, en Mongolia. En esta guía de viaje encontrarás todo lo necesario para planificar tu visita: qué ver en Astaná, dónde alojarte, dónde comer y cómo moverte por la ciudad futurista que simboliza el nuevo Kazajistán. Astaná en cuatro claves 📍 Capital desde 1997 – Se convirtió en la capital de Kazajistán en 1997, sustituyendo a Almaty. 📜 Nombres anteriores – Antes se llamaba Akmola y, brevemente, Nursultán (2019-2022) en honor al presidente del país. 👥 Población – Tiene aproximadamente 1,3 millones de habitantes, en su mayoría de origen kazajo. ❄️ Clima extremo – En invierno alcanza los -40 °C, lo que la convierte en la segunda capital más fría del mundo. Mapa interactivo para viajar a Astaná: qué ver, alojamiento y dónde comer Antes de que explores nuestra guía para viajar a Astaná, y para que puedas orientarte con facilidad, hemos preparado un mapa interactivo de la ciudad con todos los puntos clave de la capital kazaja: sus monumentos más icónicos, restaurantes recomendados, alojamientos, museos y centros comerciales. Esta guía visual te ayudará a planificar tu visita a la capital de Kazajistán de la forma más cómoda y completa. Qué ver en Astaná: las 12 mejores visitas y atracciones turísticas La capital de Kazajistán parece trazada con escuadra y ambición —y un punto de grandilocuencia y locura—. Sus avenidas anchas, sus rascacielos de vidrio y sus plazas monumentales conviven con mezquitas majestuosas, museos nacionales y puentes de diseño futurista. Aquí reunimos los 12 lugares imprescindibles que ver en Astaná para que descubras la esencia de esta ciudad única, entre la modernidad deslumbrante y las raíces de la cultura kazaja. La torre Bayterek, el sol de Astaná La torre Bayterek es el símbolo absoluto de Astaná y uno de los monumentos más icónicos que ver en la capital de Kazajistán. Se alza 105 metros sobre el gran bulevar peatonal Nurzhol y representa el árbol de la vida coronado por un huevo dorado, símbolo del sol. En realidad, parece el sol sobre el que gira la ciudad. Se puede subir hasta la gran esfera, que funciona como mirador, y contemplar desde lo alto el urbanismo geométrico y perfectamente planificado de Astaná. En el centro de la plataforma está marcada la huella de Nursultán Nazarbáyev, primer presidente del país. Todos los locales colocan su mano sobre la del antiguo presidente. Explicamos aquí nuestra experiencia. El Palacio Presidencial Ak Orda, el corazón político de Astaná El Palacio Presidencial Ak Orda, sede del gobierno de Kazajistán y siempre custodiado por decenas de policías, es uno de los edificios más emblemáticos que ver en Astaná. Con su cúpula azul celeste y su fachada de mármol blanco, recuerda vagamente a la Casa Blanca, aunque con la grandilocuencia propia de la capital kazaja. Se ubica frente al bulevar Nurzhol, alineado en el mismo eje perfecto que conecta la torre Bayterek, el Palacio de la Paz y la Reconciliación y el centro Khan Shatyr. Está rodeado por jardines, ministerios y dos torres doradas conocidas popularmente como “las jarras de cerveza”. Aunque no se puede visitar por dentro, vale la pena acercarse y fotografiarlo desde el puente que cruza la avenida principal. El Palacio de la Paz y la Reconciliación, la pirámide futurista de Astaná El Palacio de la Paz y la Reconciliación es una de las construcciones más singulares que ver en Astaná. Esta pirámide de vidrio y acero, de más de 60 metros de altura, fue diseñada por el célebre arquitecto Norman Foster y parece un cruce entre las pirámides de Egipto y la del Museo del Louvre. Fue construido para albergar una reunión periódica de los principales líderes religiosos y políticos del mundo. En 2022 recibió incluso la visita del papa Francisco. Los conspiranoicos dirán que su simbología, diseño y propósito tienen evidentes reminiscencias illuminati. Hoy alberga exposiciones, conciertos y eventos culturales, y se puede visitar en rutas guiadas que recorren su interior bañado por la luz cenital que entra desde la cúspide. El Museo Nacional de la República de Kazajistán, un viaje por la historia del país El Museo Nacional de la República de Kazajistán es una de las mejores visitas culturales que hacer en Astaná. Ocupa un monumental edificio de mármol blanco y vidrio azul, y alberga once salas temáticas con una mezcla bastante aleatoria, pero ciertamente interesante, de elementos de arte, arqueología, historia, etnografía y ciencia kazaja. La organización de las exposiciones puede parecer caótica, pero el museo ofrece un recorrido fascinante por el pasado del país, desde las civilizaciones nómadas de la estepa hasta la independencia kazaja en 1991. Algunas secciones tienen un tono claramente propagandístico, pero resultan útiles para comprender la construcción de la identidad nacional moderna. Además, la entrada
Buscando al orangután de Borneo | Día 3

Algunos viajeros hacen solo el recorrido de dos días y una noche, y con el safari matutino por el Kinabatangan, buscando el orangután de Borneo que no pudimos ver ayer, pondrán fin a su aventura. Una de ellas es Chiara, una italiana muy fashion que trae todos sus outfits calculados. La mexicana de Cultura Nómada se obliga a tomar el testigo del estilismo ilustrado. En el grupo hay muchos chinos —que parecen vivir en un mundo paralelo—, varios italianos más y otra pareja de catalanes, con los que hacemos que no nos sabemos compatriotas. Safari por el río y caminata para despertar con la selva en Borneo El ambiente del crucero matutino es distinto al de ayer: la selva empieza a desperezarse, y apenas si avistamos animales. Pero, en todo caso, la experiencia continúa siendo excepcional, ahora de encuentro con la naturaleza en su momento de despertar. Volvemos al hotel para el desayuno. Y durante el día tendremos también comida, merienda y cena. Nos están cebando para alimentar a las tribus caníbales de Borneo. Entre medias, con Jeannette, nuestra guía, hacemos una breve caminata por la jungla. Detenemos con ella más la mirada en la flora que en la fauna, entendiendo las lógicas de la selva. Jeannette es diligente y locuaz, entendedora de lo que cuenta, pero lleva a su lado a un ranger local, un nativo de las tierras de la selva de Borneo que se asegura de que no nos perdamos. Tras la caminata es momento de descansar, y de echarse la nunca practicada siesta de 10.30 h a 12.30 h, antes de encontrarnos cara a cara de nuevo con el sospechoso habitual de todos nuestros días asiáticos: el arroz. Vida en el lodge entre dónuts de plátano y aguaceros La merienda, antes de la segunda ración de safari por el río, consiste en unos riquísimos donuts de plátano que ya estamos soñando con cocinar sin gluten de vuelta en casa. Antes del crucero se abre el cielo y descarga un aguacero tropical de una hora. Llegan nuevos huéspedes y el lodge parece un capítulo de The White Lotus. Entre los nuevos se oye otra vez mucho italiano, y también más catalán. El crucero de la tarde nos trae más monos narigudos, más cálaos rinocerontes —raros y bellísimos al alzar el vuelo—, muchas otras aves, cocodrilos de todos los tamaños, monitor lizards y macacos. Y, de repente, paramos rotativas, salta la gran exclusiva: hay un orangután. Todas las embarcaciones nos arremolinamos alrededor del punto en el que se esconde el único de los cinco grandes de Borneo que nos falta por avistar. La gran búsqueda del orangután de Borneo Está lejos, y Jeannette nos indica que sigamos los movimientos de las ramas. Creemos —o quizás solo queremos creer— que hemos visto un brazo moviéndose entre las hojas. Es el rey de la selva de Borneo y no se deja ver tan fácil. Después de quince minutos de espera y meras intuiciones, se desmonta el alboroto y los botes empiezan a partir en busca de nuevos avistamientos, conscientes de que hemos perdido la mejor oportunidad de ver al orangután. Pensado fríamente, resulta casi ridículo el espectáculo de los humanos montando un circo a partir de la mera intuición de un animal. ¿Habrá especies alienígenas haciendo con nosotros lo mismo que hacemos aquí, comprando viajes a la Tierra para avistarnos, ver nuestras rutinas y extrañarse de nuestros movimientos? Los observadores observados. Quién sabe. No suena tan descabellado. De vuelta al hotel, cenamos y hoy sí hacemos la caminata nocturna con Khan, el que ha sido el capitán de nuestro bote hoy también. Vemos un búho, una civeta, varias arañas y un kingfisher, un bonito pájaro diminuto de colores vivos. Nuestra estancia en Kinabatangan llega a su fin y ya sentimos la nostalgia anticipada de tener que decirle adiós.
El primer safari por el río Kinabatangan de Borneo | Día 2

Seguimos acumulando vuelos y sabemos que podríamos viajar más sostenibles y lentos, pero nuestros viajes de ahora no son los de antaño y recortarle horas al trayecto es sinónimo de más tiempo en destino. Antes de tomar nuestro cuarto vuelo del viaje, el que nos iba a llevar directos a nuestro primer safari por el río Kinabatangan de Borneo, hemos tenido tiempo de volver al lugar del crimen de la cena de ayer, al restaurante Moginum de Kota Kinabalu, donde hemos tomado café y degustado de nuevo el kaya, esa mermelada de hojas de pandan, coco y huevo que nos tiene robado el paladar desde que lo probamos en Kuala Lumpur en 2019. De Kota Kinabalu a la selva de Borneo Volamos desde Kota Kinabalu a Sandakan, la principal ciudad de la zona selvática del Borneo malasio. El vuelo operado por Firefly, la low cost de Malaysian Airlines, solo dura media hora. El billete nos ha costado 16 € y nos han regalado una botella de agua, un sobrecito de cacahuetes y unas cookies. Comprar esas tres cosas en cualquier vuelo europeo ya nos habría salido más caro que el billete. En Sandakan nos recoge Mica, que lleva nuestro nombre escrito en el móvil y nos desplaza hasta uno de los hoteles de Sepilok, el poblado que centraliza el turismo de aventura de la zona, de los mismos dueños que el hotel en que nos vamos a alojar en la selva. El curso del río Kinabatangan es el santuario de la vida salvaje de Borneo, donde se pueden avistar especies endémicas de animales que solo viven aquí, como diversos tipos de monos, el orangután, cocodrilos o el elefante pigmeo, además de decenas de especies de aves. La infraestructura turística de la región es impecable, está hecha de manera perfecta para las necesidades del turista occidental. Ofrecen paquetes de una o dos noches que incluyen todo: alojamiento, todas las comidas, safaris por el río y caminatas por la selva guiadas, para avistar los animales de la zona. El Bilit Adevnture Lodge, nuestro hogar en el río Kinabatangan de Borneo Como todas nuestras reservas para el viaje fueron atropelladas y muy de última hora, no pudimos escoger. Contactamos con una docena de alojamientos de los poblados de Sukau y Bilit, los dos donde se concentran los hospedajes en la ribera del Kinabatangan, y solo tuvimos éxito con dos. Buscábamos un paquete de tres días y dos noches, y uno de los alojamientos que nos respondió nos indicó que tenían disponibilidad en dormitorio, compartiendo habitación con una decena de viajeros como si se tratase de un hostel. Lo desestimamos porque, por suerte, el Bilit Adventure Resort nos confirmó que tenía disponibilidad de dos noches para nuestras fechas. El paquete no es barato —205 € por persona— pero lo cierto es que vale la pena y, dadas las fechas y la poca antelación, tampoco teníamos mucho margen para escoger. Después de comer en el hotel de Sepilok, Jeannette ha llegado para presentarse como nuestra guía, con su impecable inglés y sus ganas de agradar y, sobre todo, de que la pasemos bien y estemos a gusto. La llegada a la selva El trayecto desde Sepilok hasta Kinabatangan es de dos horas por una carretera que se abre paso por un horizonte inacabable de selva y de palmeras. La sensación es de majestuosidad, de no creerse que estás en Borneo, de tenerse que pellizcar para confirmar que es de verdad que hayas llegado tan lejos. El sueño nos vence, pero es inevitable abrir los ojos a cada rato para admirar el paisaje y para sorprenderse de la capacidad de penetración de la civilización. Más allá de los confines de lo imaginable sigue habiendo supermercados, casas, talleres, gasolineras y antenas parabólicas. Aquí el cielo es de verdad, las nubes son esponjosas y se deslizan por el azul, se forman y se deforman. Jeannette nos cuenta todo lo que va a venir en las próximas horas punto por punto, con diligencia, indicándonos horarios y qué debemos llevar. Cuando llegamos al muelle de Bilit nos montamos en un bote para alcanzar nuestro hospedaje, el Bilit Adventure Lodge. Nuestras maletas no pegan nada con el entorno. ¿Acaso debiéramos haber desempolvado nuestras mochilas del viaje largo que hicimos en 2019? Entonces éramos mochileros y ahora señores. Nos reciben en el hospedaje con un zumo y hacemos check-in en nuestra selvática habitación incrustada en la naturaleza. El primer safari en Borneo en el río Kinabatangan La primera actividad del día es el crucero por el río Kinabatangan, uno de los tres que tenemos previstos en nuestro calendario de actividades. Son las cuatro de la tarde y de nuestro alojamiento salen cuatro barcas con unas doce personas en cada una de ellas. Y así con el resto de los hospedajes, casi una quincena en total entre los poblados de Bilit y Sukau, lo que suma no menos de quinientos viajeros en busca del tesoro de Borneo, de los big five (los cinco grandes), que no lo son tanto por tamaño como por emblemáticos. Avistamos el cálao rinoceronte y varios cocodrilos, dos de los cinco grandes. Ya solo nos quedan tres. Vemos muchas especies de monos y macacos, varias especies de aves que Jeanette, esmerada, nos va recitando con su ojo experto. Al volante de la embarcación está Khan, un local menudito y muy resuelto al que Jeanette le tira los tejos al presentárnoslo: “El capitán más guapo de Bilit”. Encuentro con el elefante pigmeo Seguimos el curso del Kinabatangan y la sensación es de encuentro con la vida salvaje. Los animales se mimetizan con la flora y disimulan su presencia, pero el ojo experto de Khan y de Jeanette es capaz de divisar cualquier animal en un radio de doscientos metros. Cuando ven alguno, Khan lanza la lancha hacia allí. Los capitanes de las embarcaciones y los guías se ayudan entre ellos. Esto no es una competición por ver quién avista más animales para sus huéspedes, sino una cooperación para mostrarle