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El ‘road trip’ definitivo en México: ruta y guía por la península de Baja California

La carretera y el mar durante el road tripo por la península mexicana de Baja California

El alma viajera nos empuja a veces a buscar las carreteras más largas del mundo, las que conectan kilómetros y kilómetros de destinos tan sugerentes como los de la península de Baja California, en México, donde te proponemos planear un road trip para el recuerdo. La Baja, como se le conoce comúnmente en México, es un territorio de contrastes paisajísticos y sociales, rodeada de mar pero al mismo tiempo desértica. Aquí la mexicanidad es distinta, igual de orgullosa pero trufada de expresiones del spanglish más gringo y de costumbres mestizas. A finales de 2024 pasamos diez días viajando las carreteras de los estados de Baja California y Baja California Sur, las dos regiones mexicanas que componen la península de Baja California, fronteriza con Estados Unidos. Empezamos en Tijuana, la ciudad que mejor explica el carácter bajacaliforniano a mitad de camino de aquí y de allá. Por falta de días, partimos el road trip en dos y dejamos pendiente la parte central de la Baja. Los extremos de la península distan entre sí cerca de dos mil kilómetros, con lo que recorrerla entera en coche es una maravillosa odisea a la que hay que dedicar al menos tres semanas. La carretera Federal 1 es la vía transpeninsular que parte de Cabo San Lucas y acaba en Tijuana. Esa es la senda a seguir en el road trip por la península de Baja California. En esta guía de viaje te damos información práctica y los consejos que debes tener en cuenta para organizar el mejor road trip por la península de Baja California. También te apuntamos los lugares que no te puedes ver y te proponemos dos posibles itinerarios: uno de diez días acelerado y otro completo de (al menos) tres semanas. Información práctica y consejos para viajar a la península de Baja California Para organizar bien un road trip por la península de Baja California conviene tener claros algunos aspectos prácticos antes de ponerse en marcha. Aunque en nuestra página informativa para viajar a México reunimos los datos generales del país, en esta guía nos centramos en lo que necesitas saber específicamente para recorrer la Baja por carretera. A continuación encontrarás información práctica y consejos útiles para planear tu itinerario, moverte con coche por la península y tomar decisiones clave antes y durante el viaje. 🚗 En esta guía para hacer un road trip por Baja California encontrarás 🚗 ✅ La ruta completa por la península, de norte a sur, con paradas clave ✅ Consejos prácticos sobre coche, distancias, gasolina y tiempos reales ✅ Dónde dormir: cuándo reservar y cuándo improvisar ✅ Playas, pueblos y paisajes imprescindibles a lo largo del camino ✅ Errores comunes y decisiones que conviene tomar antes de salir ✅ Nuestra experiencia real recorriendo Baja California por carretera Clima y mejor época para organizar tu road trip por Baja California El clima de la península de Baja California no es uniforme y varía entre los dos estados que la forman. El estado del norte, Baja California, fronterizo con los Estados Unidos, tiene una temporada media anual de unos 18ºC. Los veranos son calurosos, con máximas que superan los 30ºC entre junio y septiembre, y los meses de diciembre y enero son los más fríos, con mínimas de hasta 5ºC. Sin embargo, Baja California Sur tiene inviernos mucho más suaves, en los que las mínimas rara vez bajan de 15ºC. Los veranos son también más calurosos en Baja California Sur. Las lluvias son esporádicas en toda la península durante el año. Si acaso, entre agosto y octubre Baja California Sur vive algunos episodios de tormentas tropicales coincidiendo con la temporada de huracanes del Pacífico. El centro de la península es bastante caluroso en verano y suave en invierno. En este sentido, la mejor época para organizar tu road trip por la península de Baja California es entre diciembre y abril, meses perfectos para poder disfrutar del avistamiento de ballenas. La primavera es un buen momento para recorrer la Baja por su clima suave, por el momento de maduración de las uvas para conocer el Valle de Guadalupe y porque la afluencia de turistas no es tan grande como en verano. En cualquier caso, recomendamos escoger la época en función de las preferencias viajeras y monitorear el estado de las playas y los pronósticos meteorológicos, especialmente en verano y en Baja California Sur. Qué llevar en la maleta La clave sobre qué llevar en la maleta para un road trip por la península de Baja California es empacar con versatilidad y pensando en la comodidad. Si vas a viajar en invierno, como hicimos nosotros, lleva una chaqueta ligera y ropa de manga larga. Las noches van a ser frías, especialmente en el norte de la península. En cambio, en verano el calor será bastante intenso, con lo que la ropa fresca, las gafas de sol, un sombrero y protector solar de amplio espectro —idealmente biodegradable si vas a visitar zonas protegidas como Balandra— no pueden faltar en tu maleta. Si vas a incluir playas y actividades acuáticas en tu ruta por la Baja, no olvides el traje de baño, una toalla de microfibra, sandalias y también calzado deportivo para combinar la playa con algún trekking. Puedes traer equipo de snorkel, aunque la mayoría de las agencias te ofrecen rentarlo. Si vas a avistar ballenas, los prismáticos pueden ser un buen compañero de aventuras. También un impermeable para no mojarse en altamar y una mochila pequeña para llevar lo imprescindible en excursiones Para el road trip por las carreteras de Baja California te recomendamos llevar una botella de agua reutilizable, una batería portátil para asegurar que mantienes el móvil con batería, snacks no perecederos, dinero en efectivo para pagar los peajes y un botiquín básico con analgésicos, antidiarreico —por si no toleras el picante— y repelente para mosquitos. Si llegas a la península de fuera de México, recuerda traer un adaptador de corriente para enchufes de tipo A y B. Ah, claro, y no olvides tu carnet de conducir

Del mirador del aeropuerto de Corfú al avión de vuelta | Día 4

El Monasterio de Vlacherna en Corfú, Grecia

Conscientes de que nuestro esmerado itinerario iba a quedar en papel mojado en el último día de ruta por Corfú, anoche gestionamos con éxito poder dejar la casa al mediodía. A priori habíamos planeado algunas visitas en el Old Town de Corfú, dejar un rato libre de compras y acabar el viaje conociendo el monasterio de Vlacherna y una de las atracciones turísticas modernas de la ciudad: el mirador del aeropuerto de Corfú ubicado justo al lado del monasterio. A la postre, aunque con algunos contratiempos, hemos conseguido cumplir con el plan previsto. La desvelada de anoche no fue antológica, pero sí considerable, con lo que el despertar ha sido pausado. Desayunamos en la villa mirando a la piscina, lamentando de nuevo que el calor no se hiciera sentir un poco más para hacernos unos largos mientras le damos tragos a un mojito. Hacemos las maletas y nos encontramos con sobras de todo tipo: cervezas, papel de baño, las pizzas que no nos comimos ayer. El error de cálculo ha sido el de los días de viaje, no el de la cantidad de comida abastecida en el supermercado. Último paseo por el Old Town de Corfú Después de dejar la villa nos desplazamos diez minutos hasta las puertas de la ciudad vieja de Corfú. En el mar varios cruceros enormes rompen la armonía del paisaje. En la ciudad, cientos de cruceristas ataviados con gorras y gafas de sol, yanquis sin duda, se pasean de aquí para allá haciendo suyas las calles antes de abandonarlas para siempre en un par de horas. Van tachando estaciones en su travesía por el Mediterráneo. En las paredes leemos varias pintadas con consignas como ‘Tourists go home’ (turistas, volved a casa). Las angostas callejuelas de la parte más céntrica de la capital de la isla son un museo que los lugareños están al borde de abandonar, como ya han hecho en tantos otros sitios sus antaño vecinos: en Dubrovnik, en las ciudades italianas, en nuestra Barcelona. ¿Cómo contribuir a hacer un turismo menos invasivo y más responsable, más respetuoso con los destinos? La discusión da para tesis doctorales, y no la vamos a resolver ahora. Pero cada vez lo pensamos más. A nosotros ya solo nos quedan unas horas para volver a casa, corfiotas, aguanten. Adiós a la deliciosa comida de Corfú Es hora de almorzar y nos parece que tenemos el listón demasiado alto de todo lo que hemos comido estos cuatro días. Es nuestra última comida en Grecia hasta nueva orden, y eso es una lástima, con lo que nos obligamos a acertar en la elección de restaurante. En el primero que intentamos fallamos, pues se niegan a juntarnos dos mesas para siete. Es domingo y Corfú parece española, con sus comercios de cada día cerrados y su vida aletargada a la espera de que empiece una nueva semana. A dos calles nos decidimos por almorzar en Fishalida, donde el mesero nos atiende con una desgana involuntaria y una atención dispersa. Las formas griegas son casi siempre imprevisibles; nunca desagradables, a veces de una amabilidad inigualable, pero otras de una apatía que no molesta, con la que uno incluso simpatiza. Pedimos pescado, mariscos y nuestra ración diaria de ensalada griega con queso feta. Se nos hace un mundo pensar en un futuro sin queso feta a diario. Llevando el shopping a nueva dimensión y el helado de Papagiorgis Después del almuerzo ya tenemos la energía suficiente para encarar la más esperada de las actividades de parte de la expedición: las compras, el shopping, el ejercicio llevado al extremo de la búsqueda del souvenir. Mientras la mayoría decide comparárselo todo ante la imposibilidad de escoger, nosotros dos pasamos de puntillas por los souvenires y vamos directos al helado de Papagiorgis, la heladería más famosa de Corfú. Decidimos compartir y erramos. La una siempre prefiere los sorbetes de frutas y el otro solo tiene ojos para las alternativas más dulces. Él, que si le preguntas prefiere mil veces el salado, cuando le das dulce dáselo de verdad. El helado es un pequeño fracaso porque la elección de lo sabores no es la mejor, aunque están objetivamente ricos y bien hechos. Sin embargo, la compra de souvenires es un éxito sin precedentes: las bolsas superan la capacidad de agarre y sujeción que cualquiera con dos manos podría soportar, pero no la de un grupo de mexicanos expertos en la caza del souvenir. El problema se viene ahora, pues las maletas estaban ya al límite y tocará reacomodar para que Ryanair no eche para atrás nuestros excesos. Para ello, acertamos en desplazarnos al último punto que teníamos apuntado visitar en el viaje: el mirador del aeropuerto de Corfú, el Corfu Airport Planespotting Spot. El mirador del aeropuerto de Corfú está situado en el sur de la ciudad, al lado del monasterio de Vlacherna. A la entrada hay un enorme descampado en el que aparcan los coches. Ahí dejamos a los que necesitan abrir maletas e inventarse huecos que no existen mientras nosotros nos dedicamos a abrir la aplicación de Flightradar para esperar los vuelos que llegan a la isla. Capturando aviones en el mirador del aeropuerto de Corfú El mirador del aeropuerto de Corfú es un gran botellódromo, al que parece que vienen muchos grupos de amigos a pasar la tarde y familias enteras a enseñar a los niños el milagro de la aviación. Hay una gran pasarela desde la zona del parking que va hacia otra zona de la ciudad, que pasa por encima del mar, donde se sitúan varias decenas de curiosos y muchos fotógrafos con fenomenales teleobjetivos. Nosotros tratamos de documentar el aterrizaje de un primer vuelo que llega de Budapest. El paso del avión por encima de nuestras cabezas, apenas a unos cien metros, es imponente. Vemos partir varios vuelos y en el tiempo en el que esperamos a que las maletas estén en orden aterrizan tres o cuatro aviones más, que la cámara del móvil ni nuestro objetivo captan con la

Marejada hasta las islas de Paxos y Antipaxos | Día 3

La isla de Paxos en Grecia

Es sábado y hoy sería el día marcado para no madrugar, para tomarse la mañana con calma. Para desayunar sin prisas, leer en lugar de contestar correos, limpiar un poco la casa e ilusionarse un rato planeando el despegue de Cultura Nómada con nuestros futuros contenidos virales. Pero la vida nos sonríe todavía más, y en lugar de despertar en Barcelona lo hacemos en Corfú, con el plan más extremo de nuestra ruta familiar por la isla: una excursión en barco de medio día hasta las islas de Paxos y Antipaxos. Rumbo al sur de Corfú: el inicio de la travesía hacia Paxos Estos dos islotes, Paxos y Antipaxos, mucho más pequeños que Corfú, se sitúan a unos quince kilómetros del extremo más meridional de la isla, y son de visita casi obligatoria para todos los viajeros que alarguen su estancia en Corfú más de dos días. Hemos contratado un barco semiprivado para hacer una rápida incursión en las dos. La excursión empieza a las 09.00 h, pero hay que estar media hora antes en el puerto de Lefkimmi, desde donde zarpamos, que se ubica a más de una hora de distancia de nuestra villa en el centro de Corfú. De camino nos sorprende un perezoso amanecer. Transitamos la parte este de la isla, bordeando la costa por una carretera mucho más cómoda que las de la parte del norte y el centro. Llegamos al puerto de Lefkimmi en hora y los tripulantes de nuestra aventura en Corfú, que han cumplido perfectamente con el madrugón previsto, necesitan un café. Encontramos una cafetería de especialidad que desentona con el carácter transitorio del puerto. Nos atiende un griego que ha vivido en el Poblesec de Barcelona, y componemos una sinfonía políglota: entre nosotros hablamos en español, con él mezclamos el inglés y el castellano mientras se dirige a su compañero en griego. Compartimos navegación con una familia hebrea, con varias parejas (alemanes, franceses, rusos), con tres colegas búlgaros y con un capitán y tres tripulantes que amenizan y guían nuestra jornada. La que parece la jefa de todos, una sesentona con pinta de camorrista corfiota, apenas si se dirige a nosotros. El patrón es un griego muy resuelto y chistoso, y también hay dos ayudantes más, un griego lleno de amabilidad y talante desconcertado y una griega más joven dedicada pero con maneras torpes. Todos muy amables aunque estemos al borde de lo peor. A punto de quedarnos varados en Paxos Después de un poco menos de una hora de travesía, llegamos al extremo norte de Paxos a la primera parada, el municipio de Lakkas. Desembarcamos con veinte minutos para pasear sus cuatro calles hechas con brochazos de impecable maestría, y nos da tiempo a comer —los que pueden ingerir gluten— unas pastas con un nuevo café. Volvemos al barco y ahí es donde se masca la tragedia: el barco no arranca. Nuestros guías hacen de tripas corazón para mostrarse amables sabiendo que el papelón puede ser de época. Corren de aquí para allá haciéndose los mecánicos mientras nos van dando largas. Aseguran que la cosa estará arreglada pronto, en unos quince minutos que se convierten en treinta y luego en una hora. Estamos convencidos de que la excursión ha llegado a su fin cuando apenas ha empezado, pero el capitán y su tripulación no desisten. Llega un mecánico de la isla con unas pinzas y un par de adolescentes con aura de aprendices en el engaño al turista. Entre todos consiguen revivir a la nave después de habernos repartido unos zumos y unos cafés. Volvemos al mar. La excursión se ha demorado pero la habilidad de la compañía para contentarnos es de nota: en lugar de continuar con la ruta prevista van a añadirle a la excursión una parada extra. De las cuevas azules de Paxos a la playa de Antipaxos Satisfechos con la resolución, salimos a cubierta para disfrutar mucho más en directo de las Blue Caves de Paxos. Estamos navegando hacia el sur por la costa oeste, abrupta y llena de acantilados y magníficas cuevas marinas. Entramos a varias de ellas y nos maravillamos de su profundidad y del azul aturquesado del agua. Paxos tiene apenas 10 kilómetros de largo y unos 3 de ancho, y es hogar de unas 2.500 personas. Cuenta la mitología que Poseidón cortó con su tridente la punta sur de Corfú para crear Paxos y que se convirtiera en el refugio al que acudiera con su amada Anfitrite. Firmamos refugiarnos para siempre en Paxos como hiciera Poseidón. O eso pensamos hasta que conocemos Antipaxos, que nos hace dudar sobre cuál es la ubicación exacta del paraíso en Grecia. ¿O será que está llena de paraísos? Antipaxos está tres kilómetros al sur de Paxos y tiene una superficie de 5 kilómetros cuadrados. Apenas vive gente en ella: según uno de los censos más recientes, 21 personas. No pisamos tierra, muy a nuestro pesar, sino que nuestra estancia en Antipaxos es marítima. Es lo que hacen la mayoría de estas excursiones de día desde Corfú, llevarte a una de las playas de Antipaxos y anclar el barco durante una horita para permitir que los turistas se bañen. El almuerzo en el Taka Taka En esta época del año el turismo es relativamente escaso en esta parte de Grecia, y apenas coincidimos con otros dos barcos en la playa de Vrika, una de las más famosas de Antipaxos. Solo dos de los siete nos animamos a probar el agua del Jónico, de un azul hermoso que luce espectacular a vista de nuestro dron. Nadamos un rato y al cabo de una hora nos apremian para salir del agua, porque ya es hora de almorzar. Para ello, dejamos Antipaxos y volvemos a Paxos, esta vez a la costa este, donde está Gaios, la ciudad principal de la isla. Comemos un poquito de todo griego, el tapeo al que nos estamos malacostumbrando. La recomendación de nuestros guías se demuestra acertada aunque el nombre del restaurante, Taka Taka, nos

De ruta por el norte de Corfú: el Canal d’Amour y Paleokastritsa | Día 2

Canal d'amour en Corfú, Grecia

Para poner en contexto a los tripulantes de este viaje en familia por Corfú, nosotros dos, muy esmerados, preparamos y repartimos con antelación un plan de ruta en el que especificamos qué vamos a hacer —o mejor, qué aspiramos a hacer— durante estos cuatro días de ruta por Corfú. El plan de ruta, maravillosamente maquetado con un acabado muy corporativo, ha pasado un pelín desapercibido, con lo que el briefing de todo lo que hay que hacer lo recordamos mejor en vivo y en directo. Así, anoche ya informamos a nuestros cinco acompañantes que hoy recorremos la parte norte de Corfú, pasando por el Canal d’Amour y Paleokastritsa, dos de las atracciones de la isla. En un alarde de optimismo, otro más, habíamos planificado salir de la villa a las 09.00 h, que en realidad acaban siendo las 10.30 h. El retraso no es crítico, pues ya asumíamos que de la larga lista de paradas posibles en el norte de Corfú, lo óptimo iba a ser reducirla a tres, que son las que finalmente incluimos en la ruta. Después de desestimar la visita a dos playas que habíamos apuntado, la primera de las paradas es Kalami. De Kalami a Kassiopi Aparcamos en un parking semiclandestino y rezamos para que la grúa no se nos lleve el coche mientras exploramos el pueblito. Toda la zona de esta costa norte apesta a masificación turística en verano, pero es un gusto recorrerla fuera de temporada. En Kalami hay un par de decenas de turistas tumbados en sus tumbonas, la mayoría alemanes, disfrutando de la suerte de poder viajar fuera de temporada y apurando las últimas temperaturas benignas de Corfú. Nos tomamos un café, nos hacemos un par de fotos y volvemos a la carretera, llena de sube y bajas y curvas, que nos recuerda un poco a las carreteras de la Costa Amalfitana o de la Riviera Albanesa. De nuevo, celebramos no estar visitando Corfú en julio ni en agosto, cuando transitar estos caminos tiene que ser una bonita pesadilla. Seguimos camino hasta Kassiopi, muy al norte de la isla, donde Corfú se confunde con Albania. Al otro lado del mar, a solo dos kilómetros, se divisa la bahía de Saranda. Al Canal d’Amour al ritmo de Dua Lipa Los más valientes cruzarían la distancia a nado. Después de haberla visitado y disfrutado hace un par de años, nosotros volvemos a Albania fugazmente en nuestros móviles, que agarran la señal de telefonía del país vecino durante cerca de una hora y nos obligan a pedirle a Spotify una de las pocas listas que tenemos descargadas, para usarla sin conexión, y nunca tan adecuada: la de los grandes éxitos de Dua Lipa, la cantante británica de orígenes albaneses. El ritmo de Dua siempre ayuda a ponerle entusiasmo a lo que se presenta en el horizonte, y nos sirve de perfecto preámbulo para conocer el Canal d’Amour. Ubicado en el noroeste de Corfú, este capricho de la naturaleza es un conjunto de formaciones rocosas que el mar y el viento han moldeado durante cientos de años, creando pasadizos y pequeñas calas llenas de encanto. El Canal d’Amour es uno de los grandes reclamos turísticos de Corfú, y por eso es el lugar de la isla en el que probablemente encontraremos más turistas durante todo el viaje. En todo caso, campamos a nuestras anchas y mientras el más valiente se atreve a darse un chapuzón, el resto nos dedicamos a posar desde todos los ángulos y volamos un rato el dron para apreciar la belleza del lugar desde arriba. Thalassino, un almuerzo para no olvidar Como estamos recorriendo con una hora y media de delay con respecto a nuestra optimista previsión, nos toca cambiar de planes para el almuerzo. Habíamos pensado en avanzar y comer cerca de nuestra siguiente parada, la última del día, pero son las tres de la tarde y el estómago nos reclama un poco de atención. Improvisamos un restaurante en Sidari, el pueblo de Corfú que acoge el Canal d’Amour. Parece nuevo y las fotos, y las reseñas, prometen que vamos a comer bien. Se llama Thalassino y es una taberna de estilo griego en la que confirmamos que la comida griega es la sublimación del amor por la gastronomía sencilla, sabrosa y hecha con el corazón. Hace mucho que no recordamos una comida tan rica, en la que cada plato fuese una celebración de la buena cocina. Pedimos dos ensaladas lustrosas y fresquísimas, un plato de arroz con langostinos que sabe a mar y a arte culinario, un pollo con salsa griega acompañado con las mejores patatas fritas que recordamos. Los que pueden comerlo, aseguran que el pan es una delicia también y que la pasta es un lujo. Hasta el vino blanco de la casa, servido en una jarrita nada sofisticada, nos deja plenamente satisfechos. Angelokastro, el castillo que preside Corfú Después de este fabuloso almuerzo es difícil pedirle nada más al día, pero nosotros queremos exprimirle un poco más a nuestra segunda jornada de viaje en Corfú y después del Canal d’Amour nos falta visitar el otro objetivo principal del día, el municipio de Paleokastritsa. En esta parte de la isla, como nos pasara ayer para llegar a Porto Timoni, cada kilómetro de carretera se cuenta con muchos minutos. Las carreteras son lentas y enrevesadas, pero eso no impide que parte del pasaje caiga en una profunda somnolencia. Antes de llegar a Paleokastritsa paramos en un mirador desde el que se puede admirar el castillo de Angelokastro y toda la costa oeste de Corfú. Angelokastro es una fortaleza bizantina del siglo XIII construida sobre un acantilado a más de 300 metros de altura sobre el mar. Desde allí se controlaba el mar Jónico y se protegía la isla de las invasiones. Hoy, sus ruinas coronan el paisaje y ofrecen una de las vistas más espectaculares de toda Corfú. Se puede visitar Angelokastro, pero llegamos tarde, pues cierra a las 17.30 h, con lo que nos conformamos con verlo

Qué ver en Almaty: guía completa de viaje con 10 imprescindibles y consejos

La Catedral de la Ascensión de Almaty en Kazajistán

Almaty fue nuestra primera impresión de Kazajistán, con tantas cosas que ver y que hacer; y las primeras impresiones acostumbran a ser las más certeras. En nuestro caso lo fue a medias, porque a medida que acumulamos días, y visitamos las cosas que hay ver en la ciudad, Almaty nos convenció de que sería el hogar que escogeríamos en Kazajistán. Astaná es ahora la capital del país, pero durante mucho tiempo lo fue Almaty; primero cuando el país formaba parte de la URSS, entre 1929 y 1991, y después durante los primeros años del Kazajistán independiente (1991-1997). Almaty es la ciudad más poblada del país, con más de dos millones de habitantes, y también su gran centro cultural y económico. ⭐ Almaty fue escogido como uno de los mejores destinos de 2024 por The New York Times Almaty es una ciudad moderna, limpia y agitada, en la que se habla más kazajo que ruso, aunque los dos idiomas oficiales son de uso común en el día a día. Es la ciudad de Kazajistán en la que más habitantes responden si les hablas en inglés, sobre todo los jóvenes. Eso sí, recomendamos un par de lecciones de ruso para saludar y para leer carteles en cirílico. El clima de Almaty es continental. Espera frío y nevadas constantes en invierno y calor relativo, con lluvias esporádicas, en verano. Almaty tiene muchas cosas interesantes que ver en la ciudad, pero también en sus alrededores. Por eso, sirve de base perfecta para explorar esta parte del país, que hace frontera con China y con Kirguistán. En esta guía de viaje a Almaty te contamos todo lo que necesitas saber para disfrutar de la ciudad y sus alrededores. Mapa interactivo para viajar a Almaty: qué ver, alojamiento y dónde comer Antes de que revises nuestra guía para viajar a Almaty, y para orientarte mejor, hemos preparado un mapa interactivo de la ciudad con todos los puntos clave: monumentos imprescindibles, restaurantes, hoteles, librerías, el estadio de fútbol, transporte y zonas de compras. Esta guía visual te ayudará a planificar tu visita a Almaty de la mejor forma. Qué ver en Almaty: las 10 mejores visitas y atracciones turísticas Almaty es el gran corazón cultural y económico de Kazajistán, una urbe moderna a los pies de las montañas del Tian Shan que combina bazares vibrantes, iglesias y mezquitas, museos de referencia en la región y miradores altísimos. Aquí reunimos las 10 visitas imprescindibles en Almaty, pensadaspara quienes busquen una guía práctica y actualizada para descubrir la ciudad a fondo. El Bazar Verde (Green Bazaar) de Almaty El Bazar Verde de Almaty (Zelyony Bazaar en ruso, Green Bazaar en inglés) es una de las experiencias que más disfrutamos en Kazajistán, además de uno de los lugares más auténticos que visitar en la ciudad. Este gran mercado es la mejor manera de acercarse a la vida cotidiana kazaja, para observar lo que comen, lo que compran y cómo conviven los locales en su día a día. El ambiente es vibrante y muy fotogénico, y apenas hay turistas, lo que lo convierte en una visita genuina y distinta. Entre sus pasillos, la sección de carnes y lácteos es la más concurrida y la más divertida. Sorprende ver cómo la carne se expone sin cámaras frigoríficas ni vitrinas refrigeradas, tal y como marca la tradición local, haga frío o calor. Y no te limites a visitar el interior del bazar. En los alrededores se despliega un universo de comercios, puestos improvisados y tiendas semiclandestinas que completan la experiencia. Si quieres leer nuestra vivencia personal, lo contamos con detalle en nuestro diario de ruta por Kazajistán. El parque Panfilov y la Catedral de la Ascensión El Parque de los 28 Guardias de Panfilov es el pulmón verde más emblemático de Almaty. Situado en pleno centro, rinde homenaje a un grupo de soldados kazajos que murieron durante la Segunda Guerra Mundial, inmortalizados en un imponente monumento que recuerda su sacrificio. La joya del parque se encuentra en el interior: la Catedral de la Ascensión, conocida también como Catedral de Zenkov. Está construida íntegramente con madera y sin un solo clavo metálico, lo que la convierte en una de las iglesias ortodoxas más singulares de Asia Central. Es el principal lugar de culto para la comunidad cristiano-ortodoxa, la segunda religión con más fieles en Kazajistán. La Mezquita Central de Almaty A apenas unos pasos del Bazar Verde se alza la Mezquita Central de Almaty, el templo islámico más importante de la ciudad. Su cercanía hace que ambas visitas encajen a la perfección en un mismo recorrido. La mezquita, muy céntrica, sorprende por su sencillez y elegancia, por sus muros claros y su gran cúpula dorada coronada por la media luna. A la hora del rezo, el canto del muecín envuelve el barrio y recuerda la religiosidad discreta que marca el pulso de la vida kazaja. La calle Arbat de Almaty La calle Arbat es el paseo urbano por excelencia de Almaty, un lugar al que hay que ir no tanto por lo que se ve, sino por lo que se siente. Esta arteria peatonal, libre de coches, se ha convertido en el escenario favorito de los habitantes de la ciudad para pasear y encontrarse. De día, la calle está llena de comercios, cafeterías y restaurantes; de noche, se transforma en un hervidero de vida con músicos callejeros, artistas, magos y jóvenes disfrutando de su juventud, que llenan de energía la calle. Es un espacio perfecto para mezclarse con la vida cotidiana de Almaty, para observar y dejarse llevar. La Ópera de Abay Abay Qunanbaiuly, el gran poeta y pensador kazajo, es el referente cultural más importante del país. Su nombre está presente en calles, estaciones de metro e incluso en las ciudades de Kazajistán. En Almaty también lo lleva el Teatro y Ópera Nacional de Kazajistán Abay, más conocido como Ópera de Abay. El edificio, elegante y emblemático, merece al menos una visita exterior. Pero lo realmente recomendable es consultar la cartelera y

Nuestra gran escapada griega a Corfú | Día 1

La Antigua Fortaleza de Corfú, en Grecia.

Como cada dos años, el desembarco mexicano ha llegado puntual este mes de octubre. Recibimos a la familia de la patria en la que no vivimos, pero que siempre añoramos, para insuflarnos de energía llena de tequila, y sentir el calor del cariño que durante tantos meses solo ha sido virtual. Con ellos, y con parte de la familia de aquí, vamos a pasar cuatro días en Corfú, improvisando la escapada griega menos guionizada. Parece que fue ayer cuando aterrizamos de nuestro viaje de verano de 2025, cuando recorrimos un salpicadito de destinos asiáticos: Seúl, la parte malasia de Borneo, Brunéi y Singapur. Pero el tiempo es un suspiro y nosotros preferimos marcarlo en viajes, la medida que mejor controlamos. Y este año lo estamos llenando de primeras veces: Islandia, Borneo y ahora Grecia. Es verdad que una ya había estado, hace ocho años, pero el otro solo la había soñado. Con lo que, para ser precisos, es nuestra primera vez juntos en Grecia. El madrugón para nuestra escapada a Corfú Son las cinco de la mañana y parecemos ese meme que se ha hecho tan viral últimamente… ¿en qué momento decidimos ahorrarnos un puñado de euros y tomar el vuelo más temprano hacia Corfú? En realidad, si queríamos que Corfú fuera el destino de nuestra escapada, tampoco teníamos opción. A estas alturas del año Ryanair es la única compañía que opera vuelos directos desde Barcelona a alguna de las islas griegas. Corfú, por lo tanto, no va a ser tanto una elección como una oportunidad. Y bienvenida sea. Nos hemos despertado a las tres y partimos a las seis. Pero los aeropuertos no entienden de horas y en El Prat todo está abierto antes de que embarquemos. Los mexicanos, que llegaron a Barcelona hace apenas cuatro días, tienen el jet lag metido en el cuerpo y andan norteados. No acaban de discernir en qué día ni en qué hora viven, con lo que zamparse una hamburguesa del Burger King para desayunar a las cinco resulta la más sabia de las decisiones. Los españoles somos más conservadores —y más aburridos— y pedimos cafés. El aterrizaje más poético Le teníamos miedo a Ryanair y, la verdad, no nos ha parecido que merezca la fama de enfant terrible de la aviación. Es cierto que hemos sido bastante obedientes llevando las mochilas al límite de su regulación, pero en todo caso nadie ha pesado nuestro (mínimo) sobrepeso ni ha medido nuestro (mínimo) exceso de dimensiones. Ryanair, con la que no volábamos desde hacía mucho tiempo, la preferimos mil veces a Wizz Air. Barcelona y Corfú están separadas por dos horas y media de vuelo que se nos pasan entre cabezadas. La isla aparece en medio del mar Jónico, pasada la parte del tacón de la bota de Italia y enfrente de las costas de Albania y de la Grecia continental. Montañosa y abrupta desde el aire, se despereza al ritmo de nuestro aterrizaje que en realidad parece una poesía, con el reflejo de la sombra del avión dibujada entre las montañas de Corfú y el mar. Los primeros pasos por Corfú Recogemos nuestro coche de alquiler y empezamos a comprobar que los griegos se ajustan perfectamente al estereotipo, tanto en su fisonomía como en su manera de ser llena de ambivalencias. Son pausados pero escandalosos, mediterráneos pero balcánicos, despreocupados pero intensos. No están para hostias, ni se esfuerzan por ser amables, pero tienen una simpatía involuntaria, un aura de autenticidad sin artificios que en realidad engancha. A la espera de poder entrar en la villa que hemos alquilado para estos cuatro días, nos desplazamos cinco minutos hasta el centro y dejamos aparcado nuestro coche para siete para darle una probadita a la rutina de los corfiotas. Las terrazas se comen la calle y están llenas de viejitos de mirada perdida tomando café. Nos tomamos algo en el equivalente perfecto al café para guiris de las Ramblas de Barcelona, en la plaza Sarako de Corfú, y empezamos a pasearle al centro sus calles principales. Somos siete turistas en un paisaje lleno de interrogantes. El rol de guías y organizadores se nos da por hecho, y lo asumimos con gusto. Para eso hemos hecho un itinerario con muchos planes aproximados y grandes dosis de optimismo. Es complicado movilizar a siete personas y movernos de aquí para allá, ajustar horarios, consensuar intereses. La sincronización perfecta es una utopía, por suerte, porque así todo es mucho más entretenido. El mariachi griego y los imprescindibles de la ciudad  En la isla de Corfú la capital y ciudad principal se llama también Corfú, Kerkyra en griego, y tiene un centro histórico que es Patrimonio de la Humanidad desde 2007. El Old Town de Corfú es un entramado de callejuelas empedradas, cruceristas desconcertados por tanta belleza, restaurantitos entre los que es imposible escoger y edificios de ventanas coloridas y con reminiscencias venecianas y británicas al borde de la demolición. En la entrada de la ciudad vieja nos encontramos a una banda de músicos locales que tienen subyugados a un centenar de curiosos. Nos quedamos un rato para que la música del mariachi griego, una mezcla de sonidos balcánicos y mediterráneos, nos insufle de ánimo. Llegamos a la esplanada de Liston, que separa todo el casco urbano de la bahía. A lo lejos vemos la Antigua Fortaleza Veneciana, que se eleva sobre un promontorio en el mar. Justo enfrente hay sendas estatuas de Lawrence y de Geroge Durrell, dos célebres hermanos británicos, novelistas que hicieron de Corfú su hogar. Descanso en la villa, atardecer en Porto Timoni y cena de cumpleaños De camino al coche nos comemos un gyros por la calle y ya nos sentimos del todo griegos. Llegamos a la villa que hemos alquilado, quince minutos al norte de la capital, en una zona aislada repleta de casitas de ensueño, y después de celebrar nuestro acierto en la elección de la casa, y de lamentar que no haga tanto calor como para pasarnos las horas en esa magnífica

Enganchados a la kaya toast de Singapur | Día 3

La Old Hill Street Police Station de Singapur

El ritmo del viaje se ha apoderado de nosotros y nos parece mentira que hoy sea el último día de nuestra aventura veraniega por Asia en este 2025. Es curioso cómo, después de más de dos semanas, el cuerpo desecha las rutinas que tiene adquiridas y se amolda a una totalmente nueva, en la que la improvisación continua y la ausencia de lógicas rigen el día a día. Sin embargo, esta mañana seguíamos en Singapur y aquí la rutina aplica perfectamente al desayuno: hay que empezar el día comiendo kaya toast. El kopitiam tradicional y la kaya toast Tenemos apenas tres horas hasta hacer el check out del hostal. Tres horas que queremos dedicar a desayunar y a ver un par de sitios cercanos en los que buscamos detenernos un rato a practicar el postureo fotográfico. Pero primero lo primero, y lo primero en Singapur es la kaya toast. Al contrario que ayer, cuando la degustamos en una cadena de cafeterías de un corte más comercial, hoy hemos ido a un restaurante muy local, a un kopitiam, esas cafeterías tradicionales donde conviven platos sencillos, desayunos populares y ambiente de barrio. Allí, además de la kaya toast y sendos cafés con leche condensada, hemos probado también la carrot cake de Singapur, que no tiene nada que ver con el pastel de zanahoria que conocemos: es un salteado de rábano blanco con huevo, salsa de soja y especias, tan contundente como sabroso. Este excelente desayuno ha sido nuestra última comida asiática hasta nueva orden. ¿Cómo se hace para no extrañar lo rico que se come en esta parte del mundo? La respuesta, por supuesto, es una sola: volver, siempre volver. Old Hill Street Police Station, la comisaría más fotogénica En el universo de Instagram hay un puñado de rincones de Singapur que tienen estrella. Uno de ellos es la Old Hill Street Police Station, una antigua comisaría de policía de estilo colonial que hoy alberga oficinas administrativas. Sus más de novecientas ventanas pintadas con un degradado de colores vivos, del azul al verde, del amarillo al rojo, son un prodigio de la fotogenia que parece diseñado para el like y el postureo más resultón. Y ahí estamos nosotros, sumándonos al ritual de las fotos, claro. Después de divertirnos un rato pensando encuadres en la Old Hill Street Police Station, hemos visitado también la National Gallery, el gran museo de arte de Singapur. El edificio en sí ya es un espectáculo. Y como no tenemos mucho tiempo, nos dedicamos a pasear solo sus salas exteriores, dejando para la próxima vez un recorrido más pausado por sus exposiciones. Además, las mejores fotos, las que todo el mundo se afana en hacer del edificio, se consiguen cruzando un puente entre algunas de las salas de exposición. The Jewel, la cascada mágica para despedirnos de Singapur Hemos cumplido con los objetivos marcados en nuestro último día en Singapur: la kaya toast, la antigua estación de policía y la National Gallery. Solo nos queda una visita, la enésima postal viral de Singapur, la cascada mágica de The Jewel, el centro comercial del aeropuerto de Changi de Singapur. Así, recogemos nuestras maletas y nos desplazamos en metro hasta el aeropuerto, donde Qatar Airways nos pone problemas con las maletas y nos obliga a ver The Jewel rápido y sin ganas. El vuelo, comodísimo y de primer nivel, lo compensa. La escala en Doha nos cambia de aerolínea, e Iberia, con la que volamos a Madrid, es pura España. Ahora ya sí, se acabó el viaje.

Recorrido foodie exprés por Singapur | Día 2

El puesto callejero con estrella Michelin de Singapur, el Hill Street Tai Hwa Pork Noodle

Singapur se merece muchos días, los que ya le dedicamos el año pasado en nuestra visita a la ciudad-estado, pero esta vez solo tenemos uno entero —y dos mitades— para recorrerla. Por eso, decidimos madrugar a medias, lo justo para exprimir la jornada sin castigarnos demasiado después de tantas semanas de viaje. La premisa de hoy está clara, buscamos saborear con tranquilidad y no tanto tachar lugares de la lista. Y, sobre todo, basar nuestro recorrido por Singapur desde su vertiende más foodie. La kaya toast, el desayuno más clásico de Singapur El día comienza con el desayuno más icónico del país: una kaya toast en Ya Kun Kaya. Es una de las cadenas más famosas dedicadas en exclusiva a este bocado exquisito de pan tostado con mermelada de coco y huevo, acompañado de café con leche condensada. Nos saltamos la dieta sin gluten un poquito, sin que se entere mucho el estómago, porque el kaya lo merece y porque la única alternativa gluten free del país cuesta un dineral. No se nos ocurre una mejor manera de empezar cualquier recorrido foodie por Singapur. Con energía renovada, nos dirigimos a Chinatown, uno de los barrios más vibrantes de Singapur y que nunca decepciona con sus calles llenas de color y de vida. Visitamos su templo principal y el Chinatown Complex, ese hawker centre que no es un templo, sino un paraíso en Singapur para los foodies. Aquí hacemos la parada obligada en Hawker Chan, el famoso puesto que obtuvo una estrella Michelin por su pollo con arroz. La cola es larga, pero vale la pena. El plato es sencillo, sabroso y mucho mejor que el que recordábamos de su sucursal hecha restaurante, justo en la calle adyacente, y que probamos el año pasado. Después de Hawker Chan, el Tai Hwa Pork Noodle Entre paseo y paseo aprovechamos también para comprar, por fin, un ventilador portátil, el utensilio más indispensable para cualquier viaje por la región. Lo necesitábamos desde el día uno y lo conseguimos cuando ya solo nos quedan dos. La ruta foodie por Singapur continúa en bus hacia otro clásico de la gastronomía callejera local: el Hill Street Tai Hwa Pork Noodle, este sí todavía con estrella Michelin. Afuera empieza un diluvio tropical y decidimos tomárnoslo con calma, saboreando sin prisa los noodles, esperando a que amaine. Por la tarde recorremos Kampong Glam, el barrio malayo, lleno de murales y boutiques de diseño. Visitamos la mezquita principal, imponente, y paseamos por Haji Lane, esa callejuela que parece una explosión de color en medio de la ciudad-estado. El día no invita a subir al Marina Bay Sands para el atardecer, que era nuestro plan original. La lluvia y las nubes lo deslucen, así que elegimos otro plan mejor: probar el cóctel más mítico del país, el Singapore Sling del Long Bar del hotel Raffles. El lujo del Raffles y su Singapore Sling Si ayer nos jurábamos volver al Marina Bay a pasar una noche, hoy nos prometemos hacernos ricos para pasar todas las demás en el Raffles, una oda a la elegancia, el buen gusto y el refinamiento. Las habitaciones están a unos mil euros la noche, o sea que nos quedan muchas loterías por ganar. Además, nos enamoramos de dos boutiques del hotel, Minotti y Savoir, y fantaseamos con ponerle a nuestro futuro piso un sofá de la primera y una cama de la segunda. De momento, el cóctel en el Long Bar nos parece un lujo suficiente. El hambre regresa y lo solucionamos con unas patatanachos (sí, unas patatas fritas cocinadas como si fueran un plato de nachos, con su jalapeño, su queso, su pulled pork) en el Funan Mall, un centro comercial con rocódromo interior que refleja bien el estilo de vida singapurés. Aquí los malls son refugio frente al calor y la humedad, espacios de ocio más que de compras. Subimos hasta la planta diez para disfrutar de un rooftop con vistas excepcionales sobre la ciudad, una postal inesperada de la última noche en Singapur que se nos quedará grabada en la memoria. Volvemos caminando al hostal, exhaustos pero satisfechos. Hoy hemos transitado Singapur en metro, en bus y a pie, pero aún no entendemos por qué los trayectos no aparecen como pagados en nuestra Revolut. Seguro que llegará, Singapur no nos perdonará ese puñado de dólares en desplazamientos urbanos. Hoy, por suerte, no hay cola en el baño y podemos encarar la última ducha antes de la vuelta a casa.

Singapur, un año después | Día 1

El Hotel Marina Bay Sands en Singapur

Hoy cambiamos de nuevo de país, el cuarto de nuestro viaje de verano de 2025. El cuarto y también el último. Después de haber empezado por Corea del Sur y haber seguido por Malasia intercalándolo con Brunéi, hoy hemos saltado a Singapur, al que volvemos un año después de que lo visitásemos (en realidad uno de los dos) en 2024 durante más de una semana. El vuelo, con Malaysia Airlines, partía de Kuching a las 10.00 h y eso suponía un madrugón extra. De hecho, no hubiéramos necesitado madrugar tanto si no hubiera sido por la autoimposición que nos habíamos marcado de disfrutar al máximo del tercer y definitivo desayuno buffet en el Sheraton de Kuching. Según nuestros cálculos, para poder estar en el aeropuerto un par de horas antes del despegue necesitábamos salir del hotel sobre las 07.45 h. El ejercicio de retroplanning indicaba que, en tal caso, a las 07.15 h debíamos estar en la habitación duchándonos y cerrando maletas. Y si queríamos disfrutar del buffet como es debido, había que estar en el restaurante una hora antes, a las 06.15 h. Con la puntualidad que solo un desayuno así merece, a las 06.15 h hemos bajado los dieciocho pisos que separan nuestra habitación del restaurante. Pero no contábamos con que habíamos entendido mal: la hora de inicio del desayuno era a las 06.30 h, y no las 06.00 h, con lo que hemos visto recortado nuestro placer gastronómico matutino en un cuarto de hora. Con más prisas de las debidas hemos hecho el recorrido habitual del buffet. Primero, la fruta; luego, los salados; y finalmente, el colofón: el kaya, el café y los dulces. De Kuching a Singapur con escala en Kuala Lumpur Como era de prever, no hemos sido tan hábiles solventando el cierre de maletas y la ducha. Y encima, el conductor del Grab ha tardado más de lo esperado en venir a recogernos. Así, hemos llegado al aeropuerto de Kuching a las 08.30 h, solo una hora y media antes del vuelo. En todo caso, y pese a la incertidumbre, no hemos tenido problema en gestionarlo todo en hora e incluso nos ha sobrado tiempo para perderlo en la sala de embarque, lo que se ha traducido en el penúltimo souvenir no necesario del viaje. El vuelo de Kuching a Singapur, al que volvemos un año después, tenía una escala en Kuala Lumpur. En el primer vuelo nos han dado nasi lemak para desayunar, que el más glotón de los dos ha decidido no aceptar porque todavía se le salía la última tostada de kaya por la boca. El segundo vuelo, el de Kuala Lumpur a Singapur, también incluía unos cacahuetes, una galleta y un agua por pasajero. Y en Europa nos cobran por respirar y todavía se ríen de nosotros. Viajar a Asia, y por Asia, es un gustazo. El aeropuerto de Changi en Singapur es uno de los más eficaces del mundo en cuanto a procesos migratorios se refiere. Si has rellenado correctamente la documentación previa requerida no te hace falta sello ni lidiar con un guardia. Simplemente sitúas el pasaporte en una máquina y los procesos biométricos, que reconocen tu expresión facial, hacen el resto: welcome to Singapur. Desde el aeropuerto hemos tomado un par de metros hasta la zona de Boat Quay, la más turística de la ciudad, donde tenemos nuestro alojamiento. Adiós al buffet del Sheraton, hola al hostel de Singapur El salto entre nuestros hospedajes de Kuching y Singapur ha sido notable. Hemos pasado del lujo moderado del Sheraton a un hostal atestado de gente en espacios reducidísimos. Esto es Singapur y los precios del alojamiento, y de casi todo, están por las nubes. Es el país menos amigable para presupuestos ajustados y mochileros de toda la región. Por eso solo vamos a pasar dos noches. Por eso, por los precios, y también porque esta visita a Singapur un año después es simplemente transitoria antes de retornarnos a casa. Singapur es húmedo y caluroso invariablemente. El recepcionista del hostal, un singapurés que no se cansaba de hablar, nos ha contado que recuerda el único día, hace muchos años, en que se puso chaqueta para ir al colegio y no llegó sudando. Estaban a veinte grados. “Fue nuestra peor ola de frío”, ha bromeado. Conscientes de ello, ya hemos guardado a conciencia dos cambios por día en las maletas para estos dos días finales, en previsión de que el sudor nos obligue a modificar los outfits durante la jornada. Lau Pa Sat y los Gardens by the Bay Para este primer día en el país teníamos dos objetivos marcados en la ruta. Primero, hemos visitado Lau Pa Sat, el hawker centre más estiloso de Singapur, que un año después volvemos a pisar para volver a degustar sus mejores recetas callejeras y el sugar cane, el jugo de caña de azúcar, el mejor remedio contra el sofoco singapurés. Hemos pedido varios platos en el comedor central a la espera de comer el plato principal en la calle, en la Satay Street, que se cierra cada día al tráfico a partir de las 19.00 h y se llena de mesas y puestos de satay riquísimos. Después de comer hemos ido en metro a Gardens by the Bay, unas de las grandes estampas del país, ese conjunto de árboles robóticos que definen a la perfección cómo se mimetizan en Singapur la tecnología de última generación con la naturaleza. Hemos visto el espectáculo de luces que hacen cada día, un show un poco viejuno y demodé, más propio de un musical de los setenta o los ochenta que de 2025. Con una ligera decepción a cuestas, hemos caminado en dirección al hotel Marina Bay Sands, ese hotel impresionante de tres torres unido por una enorme plataforma superior en la que se ubica la infinity pool más legendaria. Hemos cruzado el hotel de camino al metro y nos hemos prometido que algún día, en un futuro ojalá no muy lejano, nuestro paso por

El Sheraton de Kuching, centro de operaciones para visitar la ciudad | Día 8

El hotel Sheraton de Kuching, en el borneo malayo

Hoy hemos acertado a madrugar un poco más que ayer, aunque la cama de nuestra habitación en el Sheraton de Kuching no nos lo haya puesto sencillo. A las ocho ya estábamos en la calle, aprovechando la brisa diurna antes de que el calor comenzase a apretar. Es domingo y la ciudad despierta diferente. Algunas de las calles más céntricas están cortadas al tráfico y los locales se adueñan de ellas para hacer ejercicio. Corren; o hacen que corren. Una hora después los vemos desayunando en grupo en los restaurantes, pidiendo arroz y fideos. Kuching es callejera y fotogénica, y por eso queríamos pasearla sin el calor del mediodía. Todo es una invitación a disparar fotos: sus carteles en varios idiomas, sus callejones angostos, el frente marítimo. Además, los alrededores de Kuching ofrecen un buen puñado de reclamos turísticos que nosotros decidimos aparcar para una próxima visita. Como Semenggoh, un centro de orangutanes en semilibertad; el parque de Bako, donde la selva y los manglares se mezclan con playas salvajes; o las longhouses, casas comunales de los pueblos indígenas donde todavía se conserva la vida comunitaria tradicional, con decenas de familias compartiendo techo y costumbres. El buffet inolvidable del Sheraton de Kuching Regresamos al Sheraton a las 9.30 h, justo a tiempo para dedicarle una hora al que se ha convertido en el ritual más esperado de nuestra estancia en Kuching: el buffet. Es un desayuno que pide calma, tiempos y sobremesa. Empezamos por la fruta —papaya, piña, melón, sandía, pitaya—, seguimos con yogures y zumos naturales. Después pasamos al salado, al shakshuka, los huevos al gusto, noodles, platos calientes, queso, embutidos y salmón ahumado. Comemos doble ración de salado y aún nos dejamos un hueco para el dulce, para los muffins (¡los hay sin gluten!), el café y, por supuesto, el kaya extraordinario. El jefe de sala de Sheraton de Kuching es un británico del Newcastle al que nos vemos en la obligación de preguntar por la marca de ese kaya. Muy amable, nos pide dos minutos para confirmarlo con el chef. Una vez conseguida la valiosa información vamos directos al Everrise, el supermercado principal de la ciudad. Allí nos hacemos con el kaya de marras, de la marca Yeo’s, y con algún otro souvenir gastronómico. Y también con una bolsa de la compra que sumamos a la colección que iniciamos con la bolsa del supermercado Bonus, que conseguimos en Islandia. Son los recuerdos más coherentes con nuestro apasionado hábito de recorrer supermercados en cada viaje. De la librería más insospechada a la piscina Antes de volver al hotel, entramos en la librería-cafetería Jing Si Books & Café, sin tener muy claro en qué universos nos estamos adentrando. Pronto nos damos cuenta de que no se trata de una librería al uso, sino de un espacio afiliado a la fundación Tzu Chi, creado por la monja budista taiwanesa Master Cheng Yen, conocida también como Jing Si. La librería está llena de obras sobre budismo, aforismos de sabiduría y mensajes espirituales y ecológicos. Los tres voluntarios que gestionan el local nos reciben con una mezcla de curiosidad e incredulidad, pensando que somos seguidores de Jing Si. Su intento por captarnos para la causa no prospera, y decidimos dedicar el resto de la mañana al placer de la contemplación y la lectura en la piscina del hotel. Mientras uno se bebe una sidra y termina Ballena, el libro de Cheon Myeon-Kwan que le ha acompañado todo lo que va de viaje, la otra se toma una birra y aprovecha que el sol ha calentado un poco el agua para meterse en la piscina e inmortalizar esa magnífica vista de la ciudad de Kuching. El Festival de comida de Kuching, nuestra despedida de la ciudad Como hiciéramos ayer, hoy también hemos seguido la recomendación de Mirza, el Guest Relations Manager del hotel. Es el último día del Festival de comida de Kuching, que siempre se celebra entre finales de julio y mediados de agosto. El ambiente es extraordinario, lo opuesto a lo que nos encontramos en Brunéi. Esto sí es Sudeste Asiático en su máxima expresión: muchísima gente, decenas de puestos, aromas que llegan de todos lados. Nos decidimos por nuestros básicos de siempre, unas long long fries, patatas fritas realmente largas, y un arroz con huevo riquísimo. Y de postre, un helado de coco servido dentro de un coco con virutas de coco. Triple de coco siempre, por favor. Desde el festival contemplamos un atardecer espectacular antes de volver al hotel para visitar por última vez la piscina. Intentamos ver el espectáculo de luces de Kuching desde arriba, pero descubrimos que solo se aprecia bien a pie de río. Ya solo nos queda hacer la maleta. Mañana partimos hacia la última parada de nuestra ruta de verano 2025 antes de volver a casa.